Desde la orilla
Ayer no fue un día como otros. No sé la razón exacta pero prefería leer a escribir. A veces, si miras desde la distancia, ves las cosas con una perspectiva diferente. Veo a las chicas comportarse como esas amigas que siempre has deseado tener. Sientes que los lazos se van estrechando, que existe un hilo conductor que parece unirlas a todas, aunque sean totalmente diferentes. Me pregunto cómo sucede, como se van estrechando esos vínculos poco a poco. La sala hay momentos en los que parece vacía, como si llegaras a una reunión la primera, o a una cita, esperando que todas o ella, ya estén allí. Con el tiempo el grupo se va ampliando y, las que antes no participando de amenas tertulias, empiezan a tomar protagonismo.
A veces parece un patio de vecinas, otras una reunión de amigas tomando una copa en cualquier pub del mundo, ya sea en Berlín...o en la sierra argentina. Leo acentos, idiomas, incluso a alguna que se le pegan esos dejes; un espacio multicultural donde no hay punto y aparte, sino punto y seguido, con sus comas, sus puntos y algún martillo. Y resulta emocional ver el mar en su piel, la música en sus ojos, un jardín de acero y rosas y pecas habitadas. Cada una en su estilo, cada cual vestida como le da la gana. Todas tan bonitas, que incluso disfrutan de las despedidas únicas de esa estrella que a veces cruza la sala.
Ayer dejé que mi espacio quedara vacío a pesar de las ganas. Dejé que la corriente de la amistad y el deseo, que las risas al viento, las insinuaciones y el deseo, que tantas cosas que llenan las paredes de grafitis con la imagen de mujeres especiales...corriera en una dirección única, llevándose con ella un montón de corazones como barquitos de papel, que de vez en cuando convergen en un lugar de mi alma. Allí, sentada en la orilla, escuché el sonido de cada ola, el silbar del cierzo, las hojas crujiendo bajo los pies desnudos y el gemir de esa cascada de emociones sin igual, intentado huir de la corriente, agarrada a la única tabla de salvación que supone el silencio, mientras todo se sucedía aquí y ahora. No no fue un día cualquiera, pues un ligero traspié terminó con mi corazón atropellado entre cafés con hielo, latidos de taquicardia y la palabra prohibida intentado alcanzar la orilla para no ser engullida por la fuerza de una riada de sentimientos que a veces ni la mayor de las presas es capaz de contener.