Volver
Ha pasado más de un mes desde que un problemilla de salud me llevo al hospital, y aunque había estado ya en el chat, hasta esa noche no volví. Volver y mirar, sentir y entender, encontrar lo que creía disuelto como un azucarillo en mi café. Me sentí de nuevo en una nube, querida por todas aquellas que me conocen y a las que aprecio mucho, mucho.
Nací en un pequeño pueblecito castellano rodeado de pinos con sus copas como nubes y un mar de trigo verde agitado por el viento frío de las llanuras. Era tímida, muy tímida, y cabezota, muy cabezota. Ni con medio metro de nieve dejaba de ir al cole. Leía todo lo que caía en mis manos y mi pueblo se hacía grande. El mar rompía contra los muros de la iglesia... y podía cruzar la selva de la antigua alameda como una heroína de aquellos comics. Mi imaginación volaba en globo junto a las cigüeñas que cada año volvían emparejadas. Un día, mis padres se fueron en busca de una mejor vida para todos y me quedé sola, con mis abuelos, durante un tiempo. Cuando nos reunimos todos de nuevo, ya en la gran ciudad, todo me pareció diferente. Ese viaje, desde mi pueblo a la capital, nunca lo he olvidado. Mi tío, su camión Pegaso, la lluvia, mis abuelos y yo; todos apretujados en la cabina, con la casa acuestas. Atrás dejaba nueve años de infancia y todo un mundo que mi imaginación había creado: regatos como el Amazonas, lagunas como Océanos y cigüeñas como pterodáctilos. La gran ciudad no curó mi timidez y seguí refugiada en mi mundo. No dejaba de sentirme diferente y lo que para cualquier niña o niño era una diversión, para mí era un aburrimiento. No conseguía conectar, como si mi mundo fuera otro. Y un día, siendo ya adulta, habiendo pasado por vicisitudes de todo tipo, me pregunté... ¿Y por qué las cosas no pueden ser como yo quiero?. Entonces fue cuando tomé esa decisión, vivir en el mundo que a mí me gusta. Tiré mi timidez por el precipicio de la indiferencia, cogí mi daga de corazones y fabriqué mi vestido invisible con las agujas y las telas de mis fantasías. Ahora todo sería diferente.
Pues todo eso, todo ese mundo fantástico que tan feliz me hace, la otra noche, a mí regreso, creí que lo había perdido, hasta que por arte de birlibirloque, sentí otra vez esa sensación en mis venas, la sangre caliente y mis neuronas más veloces que la luz. Había perdido mi magia y no sabía ni dónde ni por qué. Esa noche lo entendí, no era mi magia, era ella.
Gracias por volver.
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