MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

Capítulo II

 

La luz procedente del frigorífico enmarcó su cara angulosa.  Sus ojos verdes parecían reflejar su resplandor al interior. No tuvo tiempo de girarse, el golpe la dejó atontada y cayó de bruces sobre el suelo de la cocina, golpeándose la nariz y dejando un reguero de sangre al ser arrastrada por el pelo. El hombre la levantó sin ningún esfuerzo, como si fuera una pluma. Introdujo un pañuelo en su boca y le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico, antes de ponerla boca abajo y atarla pies y manos, a las patas de la cama. Intentó respirar pero solo sentía como el material plástico se introducía por su boca. Estaba a punto de perder el conocimiento, cuando el agresor perforó la bolsa a la altura de su nariz. Respiró con desesperación como si hubiera salido de una inmersión en apnea y se sintió aliviada, aunque sólo fueron unos segundos. La cinta americana se cerró alrededor de su cabeza y en cada inspiración tenía la sensación de tragarse el pañuelo. Respiró por la nariz mientras trataba de librarse de las ligaduras. Sentía como el cable se clavaba en sus muñecas, pero nada comparado con el terrible dolor que  recorrió sus entrañas durante horas, hasta que su vida se borró como la espuma elimina las huellas en la playa. La luz se fugó de sus ojos. Ya no sentía nada.

 


 

 

Nunca olvidaría aquella noche. Los viernes eran muy especiales. Ella siempre le esperaba, fuera la hora que fuera. Sabía que esos días se convertía en una mujer especial. Muy diferente. Pero, esa noche, cuando regresó de las tierras del norte, le depararía una visión dantesca que ni en la peor de sus pesadillas hubiera imaginado.

La encontró tendida sobre la cama, en un charco de sangre que chorreaba enlazando el blanco de las sábanas con la oscura madera del suelo. Semidesnuda, con la ropa hecha jirones y con la cabeza cubierta por una bolsa de plástico Su cuerpo   presentaba profundas marcas y tenía introducido lo que parecía un instrumento ginecológico. Sobre su espalda, como si estuvieran grabadas ejerciendo algún tipo de presión, tenía marcas de letras o signos que debido a las heridas no era posible distinguir con claridad. Las manos y pies estaban atadas con cable eléctrico de cobre, retorcidos con tal fuerza que llegaban a lacerar la carne, hasta llegar al hueso. En el suelo encontró un fleje metálico de color negro tornasolado, de los que se usan para embalar con máquina, con una empuñadura hecha con esparadrapo o cinta, enrollado en uno de sus extremos, que seguramente había servido para azotarla hasta desangrarse lentamente por las terribles heridas provocadas. Se quedó paralizado. Ni tan siquiera lloró, ni esbozó una mueca, ni un sonido. Salió de la habitación y se sentó en el sofá con la cara entre sus manos. Pasaron varios minutos hasta que su mente asumió la realidad y pudo marcar el número de emergencias en su teléfono móvil.
—...Han matado a mi mujer....¡Es horrible! —consiguió balbucear.
—Dígame su nombre y dirección, no toque nada.
En un gesto de automatismo profesional, tomó su cámara y lo fotografío todo antes de que llegara nadie. Tanto el cuerpo como la habitación. Quería estar seguro de que no era una pesadilla. Luego se acurrucó en un rincón y sintió como el corazón le dolía. No era solo un dolor afectivo, era un dolor animal, como si alguien agarrara sus testículos con una presión constante.
Carmelo, los viernes, cada vez que giraba la llave de aquel piso, revivía ese sueño recurrente. Le horrorizaba. No podía imaginar que eso pudiera suceder de verdad o si había sucedido. En una caja de almacenaje iba guardando todos los negativos que usaba ese día de la semana. Desde la primera vez que tuvo esa sensación tan real. Ni los médicos ni la policía fueran capaces de explicar que pudo pasarle. Cuando la policía llamó a su puerta y no contestaba, entraron forzando la cerradura y le encontraron inconsciente en un rincón. No había rastro alguno de violencia. Estaba solo él. Las fotos que decía haber tomado del cuerpo y de la escena del supuesto asalto, estaban veladas. No había nadie en la casa y tal y como pudieron comprobar los investigadores, hacía años que nadie más estaba empadronado en ese domicilio. Los vecinos nunca habían visto que alguien acompañara a Carmelo, desde .hace años.
Confundido, pidió disculpas.
—Ha debido ser un mal sueño, he trabajado mucho estos días. Quizás el cansancio, el estrés...me han jugado una mala pasada.
Podría ser -pensó-, pero para mi fue una experiencia tan real...
Nada más cruzar la puerta pudo escuchar a Rostropóvich.

 

La duda

Desde su penthouse en el Barrio de Salamanca, en las noches silenciosas, podía escuchar las conversaciones de las gentes que pasaban por la calle, cuatro plantas más abajo. La terraza ocupaba toda la fachada del edificio y le parecía increíble que la acústica le hiciera partícipe de los secretos de los viandantes, que se contaban sus historias al amparo de la noche. Tenía la sensación de ser parte de una confesión. Como el párroco que escucha al otro lado de la rejilla del confesionario. Carmelo leía embelesado. Le tenía enganchado la trama de la novela que le habían recomendado. El verano no era excesivamente caluroso y esa tarde el cielo tenía un aspecto plomizo y tormentoso. Hacía bochorno y parecía que el cielo amenazara con abrazar la ciudad. Sintió como una gota de sudor acariciaba su cuello ayudada por la gravedad. Su mente se distrajo por un momento y una imagen se hizo real ante sus ojos, como si estuviera impresa sobre las páginas del libro. Sucedía pocas veces y nunca conseguía saber si era un sueño o una situación que había vivido. De lo que si estaba seguro es del sentimiento de felicidad que le embargaba. Podía apreciar como su respiración agitaba el vello de su pecho, igual que el viento agitaba los álamos de su pueblo cuando aún era un niño. Sentía el peso de su cabeza sobre él y el silencio. Un silencio que le hablaba a través del contacto con su piel. Como cuando te tiendes boca arriba en el agua y el cielo te habla. Una lágrima se deslizaba acariciando el valle entre su pecho y el vientre, hasta depositarse en el hueco de su ombligo, como un barco que atraca a salvo de las tempestades.
“¿Será posible que haya olvidado algo?. Puede ser un deseo inconsciente de felicidad, una falta de afecto o quizá un momento pasado que yo haya idealizado? Si pudiera ver su cara es muy probable que pudiera asociarlo…joder  —Respiró profundamente y el perfume de su pelo le hizo entornar los ojos— No puede ser tan real…no puede ser”.
Después volvió a su lectura hasta que le venció el sueño...

Cuando entraron en aquel barrio pensó haberse equivocado. El ambiente sucio y maloliente, casuchas de chapa y calles embarradas. La suciedad corría a lo largo de sus calles. Tipos mal encarados observaban a través de las ventanas cubiertas apenas con plásticos mugrientos. Negros, marginados...la mayoría dedicados al submundo de la prostitución, las drogas y el tráfico de cualquier cosa que les permitiera malvivir. 
Su coche, un Cadillac de los años sesenta, y su forma de vestir, no eran los más adecuados para andar por esos barrios. Al final de la calle, alumbrada apenas por alguna hoguera y la luz de la luna, observó las tenues luces de neón que señalaban el lugar del encuentro. Un escalofrío recorrió su cuerpo pensando en donde se estaba metiendo. Todo por ella. Aquella mujer le tenía bien enganchado. Hubiera hecho cualquier cosa por complacerla.
—Espero que te guste...yo estoy muerto de miedo.
—Uf, eso me encanta. Estoy excitada solo con ver tu cara de pánico.
—Mira que eres viciosa, me vuelve loco complacerte.
Al final de la calle, un hombre negro, enorme, abrió la puerta del Cadillac. Procurando abrir bien las piernas, salió del coche, no sin antes asegurarse de que su minifalda dejara al descubierto sus largos y turgentes muslos, sus medias de seda y su minúsculo tanga. A pesar de los tacones y las plataformas, la suciedad le llegaba hasta los tobillos.
—¡Puta de mierda!, ¿como se te ocurre venir aquí? —el empujón hizo que cayera sobre sus rodillas en el fango—
—¡Maldito seas, te mataré! —gritó con un nudo en la garganta.
—Me llevaré a tu perra, la violaremos y haremos lo que a ella más le gusta...y tu también disfrutarás del espectáculo ¿no es eso lo que deseas?
Nunca había sentido temor ante nadie, pero por primera vez en su vida se sintió impotente. En su interior luchaban la excitación y el miedo. Quizá ambas cosas fueran parte de los mismo.
Instintivamente intentó defenderla, pero fue parado en seco. Otros dos hombres surgieron de la oscuridad y le sujetaron por detrás con fuerza. No pudo hacer nada, intentó zafarse pero eran demasiado fuertes para él. Así que decidió cambiar de táctica. Se relajó y se mostró sumiso, esperando su momento.
—¡Arrastrad a la zorra dentro!
Sus ojos se humedecieron al verla cogida por los pelos, dejando tras de si un rastro sobre aquel barrizal infecto. Era consciente de que a ella le gustaba, disfrutaba sintiendo la suciedad sobre su precioso cuerpo....no podía evitarlo. Aún en esas condiciones le pareció más guapa que nunca. En el fondo la quería, la quería demasiado.
Al traspasar la puerta de aquel antro, se dio cuenta de que ni tan siquiera había cucarachas. Sujeto como estaba, observando como la ataban al potro, no pudo reprimir aquella erección que tantas veces había experimento con ella.
—Atadla bien que no se mueva. Ahora verá esta zorra lo que es un castigo. Desnudadla  y tumbadla boca abajo. Abridle bien las piernas.
Sin más preámbulos, el más grande de los negros bajó sus pantalones y acercó su enorme miembro a su cara. Cogió su cabellera para levantar su cabeza y se la introdujo en la boca hasta dejarla sin respiración.
—¡Traga... vamos toda!
A su lado, otro de ellos hacía silbar en el aire una vara de mimbre. De vez en cuando golpeaba el potro muy cerca de sus nalgas. Se podía ver su excitación por los movimientos de sus caderas esperando el castigo.
La escena empezó a resultarle excitante y cruel. La vara dejaba marcas rojizas sobre su blanca piel y los gritos contenidos se mezclaban con la enumeración de los golpes...y sus gemidos de placer.
—Ves blanquito...le dan igual blancos que negros, es una perra servil y pervertida.
Al ver al otro animal descargar el látigo de cuero sobre su espalda, empezó a preocuparse de verdad. La sangre resbalaba hasta sus nalgas y sus gemidos habían desaparecido.
—¡Basta ya! —gritó—
Mientras, ella lloraba entre gritos ahogados suplicando que pararan. Era parte de su placer.
Seguía inmóvil escuchando sus gritos de dolor mientras su mente se debatía entre un sentimiento confuso. No tenía claro si era lo que a ella le gustaba o que no podía soportarlo más. Y en ese momento decidió que tenía que hacer algo. Solo podía recurrir a su ingenio y a ese don que algún dios le había dado: su fantasma. Con riesgo, eso sí, de poner en peligro su propia vida. Eso le llevaría a la frontera entre la vida y la muerte. Se concentró en un punto, dejó su mente en blanco, la respiración imperceptible y, rápidamente, su ectoplasma, su cuerpo astral, comenzó a salir por su boca. Blanco, inmaculado, etéreo pero bastante consistente, comenzó a materializarse delante de aquellos degenerados. Los dos que le sujetaban, al verlo, huyeron despavoridos. Los otros dos, cuando escucharon el terrible e inhumano grito de dolor ante el desdoblamiento del cuerpo, volvieron sus caras y siguieron el mismo camino. Entonces se acercó y la tomó en sus brazos. La desató, sudorosa, ensangrentada, sucia y con la cara desencajada, manchada por el rimmel y sus lágrimas. La introdujo en el coche, la arropó con una manta y la llevó de vuelta a casa. Allí, con todo el cariño del mundo, curó sus heridas, la beso y lavó delicadamente su cuerpo en la bañera. Como si fuera una niña, la sostuvo entre sus piernas acariciándola y mimándola, sin apartar sus ojos de su preciosa cara. Pasados unos minutos la vistió  con el vestido que había comprado para ella, roció su cuello con su perfume favorito y la llevó a su casa. En el trayecto no se dijeron ni una sola palabra, La dejó en la puerta, le dio un azote en el culo y regresó de nuevo a su coche.
La puerta, al cerrarse, le despertó.
“No, no es posible” —se repetía siempre—. Por alguna razón esa duda le causaba inquietud. Se resistía a aceptar que tan solo fuera un sueño. Otro de sus terribles sueños recurrentes. Algunas veces, al despertar, la confusión se apoderaba de él. Tenía la extraña sensación  de haber estado realizando algo en otro lugar, algo de lo que no era consciente y que le atormentaba. Era como ver una fotografía que has realizado y en la que a la vez estás presente:
Por la mañana, bajo la ducha, su mente repasaba la vivencia.  Se puso su traje favorito y salió como cada día, camino del mundo real. Pero el recuerdo, ese sueño, permanecería dentro de él para siempre. Imborrable.
(continuará)

Continuación...

Pasaban largas horas patrullando juntos, unas veces a pie y otras en su vehículo policial. Era un pueblo tranquilo, donde casi nunca sucedía nada, a excepción de algún alboroto vecinal o cuando tenían que intervenir para mediar en alguna discusión en el local de alterne que se encontraba a las afueras del termino municipal. Un garito que solían frecuentar solterones y algún casado que buscaba las emociones que no encontraba en casa... aunque últimamente los clientes cada vez parecían más jóvenes. Ambos eran conscientes de que debían mantener una actitud de total discreción cuando alguno de los implicados tenía familia. Además, las chicas se sentían seguras con su presencia. Siempre eran bienvenidos. No les tenían temor pero si respeto.
Su relación era cordial. Su vida transcurría rutinaria, entre multas de tráfico y un aburrido trabajo administrativo repartiendo mandatos, notificaciones o sanciones entre los vecinos del pueblo. Un trabajo poco gratificante, que juntos lo hacía ser más llevadero. La diferencia de edad no era un obstáculo para que se compenetraran perfectamente. Pablo le sacaba casi  veinte años y Virginia, con poco más de veintitrés, tenía la placa desde hacía poco. Cuando convocaron las plazas, se esforzó al máximo para asegurarse que no hubiera nadie  más  preparado que ella. Pasó las pruebas físicas con la mejor nota, por delante de todos los hombres. Ya lo había intentado antes en la gran ciudad, pero los candidatos eran muchos y muy buenos, así que cuando se enteró, a través de una amiga de su pueblo de que allí había una plaza libre, no lo dudó un instante y se presentó a la oposición.
Virginia y Pablo formaban una buena pareja, aunque era imposible no fijarse primero en ella. Su metro setenta, su cuerpo atlético, sus ojos verdes y su melena negra, aunque recogida por necesidades del servicio, la hacían destacar ante los ojos de cualquiera. Pablo estaba encantado con su nueva compañera desde el mismo instante en que se la presentaron. Podía pasarse horas mirando sus ojos, mientras ella conducía. Al fin y al cabo no tenía otras cosas más importantes que hacer. Ella le sonreía de vez en cuando. Era una sonrisa escondida, apenas un esbozo. Se sentía alagada y sus sentimientos hacía Pablo eran de agradecimiento. Desde que llegó había sido su compañero, su guía, y quien le había puesto al tanto de casi todo lo que podía encontrarse en el pueblo, que la verdad, no era mucho. Pablo la respaldaba con su experiencia y ella procuraba aprender aceptando sus consejos.
—Te queda muy bien el uniforme —dijo Pablo, mirándola de arriba a abajo—, bastante mejor que a mi. Es muy agradable tener una compañera. Aunque en tu caso, por la edad, pudieras ser mi hija.
—¿No te sentirás intimidado por tu compañera “mi señor mayor” ?…
—¡No! sólo constato un hecho. Lo veo en los ojos de la gente. Los hombres atraviesan el azul de tu uniforme como si se zambulleran en el agua..., mientras que las mujeres te envidian. Supongo que eres consciente de que ser guapa y atractiva es una ventaja, pero ten cuidado, a la vez puede ser un inconveniente. ¿No pensarás que por que seas mujer tendré un trato diferente contigo? Eres mi compañera y me da igual el sexo. No pienso cuidarte como si fuera tu padre. Te lo dije desde el primer día.
Mientras conversaban, Pablo pensaba. No tenía dudas de que a ella no le harían falta sus cuidados. Estaba seguro que en una situación difícil se defendería mejor que él. La consideraba mejor preparada, más joven y teniendo muy claro que su condición de mujer le ofrecería ciertas ventajas. Seguro que llegado el momento no dudaría en utilizarlas.
—Ni lo necesito, ni pretendo que seas mi padre. A no ser que te guste que te llamen “papi”….—lo dijo con intención de que él captara una acepción distinta, mientras se mojaba ligeramente sus labios. A Virginia le gustaba jugar, utilizar su atractivo para incomodarle. En eso Pablo no se equivocaba. Tenía muy claro que era consciente de su atractivo y por como las miraba, su preferencia por las féminas—
—Pero…¿es que siempre estas pensando en lo mismo?. Mira "niña"—dijo, respondiendo de forma irónica—, he tenido muchas experiencias a lo largo de mi vida y cuando necesito algo lo pido, siempre con respeto, incluso las cosas más extremas que te puedas imaginar…deja ese tono de complacencia que sabes de sobra que me incomoda. Quién se acerca mucho a las llamas acaba quemándose. Sabes, antes de vestir de uniforme, tenía negocios. Y me iban bien. Disfrutaba de una situación económica que me permitía tener una vida muy diferente a la que ahora ves. Viajaba, me hospedaba en hoteles que ahora no me puedo permitir y disfrutaba de los placeres de la vida. De todos los placeres. Pero un día, una mujer, convirtió mi vida en un infierno. Un infierno de placer en el que me sumergí hasta acabar por no ser nadie. Lo perdí todo. Incluso a ella. Por eso te aconsejo que tengas cuidado. A veces, los juegos, terminan por convertirse en algo que ni tan siquiera imaginas.  Ahora quiero que me hagas un favor. ¿Te acuerdas de lo que te comenté? ¿Lo de mi amigo el fotógrafo?
—Si claro, aunque no acabo de entender lo que pretende. Me parece que tiene un punto de pervertido
—Es un viejo amigo. Me ha pedido que vayamos a verle cuando acabemos el servicio. Iremos en mi coche, serán cinco minutos. Nos hacemos la foto y después te dejo en Madrid.
—De acuerdo, pero que sepas que a pesar de ser “mi señor mayor” no siempre estaré a tu servicio… —Virginia le miró y le dedicó una maliciosa sonrisa, mientras se pasaba un dedo por sus labios. El miró sus ojos y no pudo evitar una sonrisa al tiempo que hacía un leve gesto de negación con la cabeza—
Pablo enfiló la N-I en dirección a Madrid. Sin uniforme, las cosas eran distintas. Ahora se sentía observado por Virginia. Las tornas habían cambiado y podía sentir como sus ojos ya no eran los de la policía que le acompañaba cada día. Llegaron a un desvío a unos quince kilómetros y tomaron una salida asfaltada de unos cientos de metros y después un camino de tierra que cruzaba un estrecho puente sobre un brazo del río Jarama. Era una zona rural salpicada de casas de campo y algunas fábricas instaladas en pleno campo, la mayoría seguramente sin permiso legal. En lo alto de un cerro se alzaba la casa en la que habían quedado con Carmelo. Era de una sola planta. Se pararon delante de la gran puerta de entrada y Pablo llamó al timbre. La puerta se abrió y pasaron con el coche. En el centro de la finca había una especie de foso con el suelo arenoso, que al principio no supieron identificar para que demonios serviría. Mientras recorrían el camino hacia la casa, vieron unos pequeños cubículos con puertas partidas, identificados cada uno con un número.
—Creo que ya sé que es esto —comentó Pablo— Son box para caballos. Seguramente ha sido una finca de cría y el foso debía estar destinado a la monta. A la reproducción.
—Sabes muchas cosas, me sorprendes.  ¿Podrías explicarme como se realiza la monta…?me cuesta imaginarlo —no era una pregunta, mas bien una sugerencia. Sus labios volvieron a esbozar esa sonrisa pícara que solo ella poseía.
—Otro día. No quiero hacer esperar a Carmelo. Además me da la impresión que no necesitas que te lo explique. Virginia, Virginia...no empecemos.
Entraron al estudio del fotógrafo y allí, en el set, completamente pintado de negro, sin nada más, les pidió que posaran como mas cómodos se sintieran. Tan solo había un par de puf de cuero negro. No quería que nada interfiriera en las instantáneas.
—Después nos enseñaras las fotos, ¿no? —preguntó Virginia—. Quiero ver que tal pareja hago con este “señor mayor”—
—Cuando acabe mi foto-libro, te prometo que te enviaré un ejemplar.  Ahora quiero que cerréis los ojos y penséis en algo que os gustaría hacer juntos. Luego cuando os de la orden los abriréis. ¿De acuerdo?
Ambos se miraron y sonrieron como dos cómplices. Virginia sacó la punta de la lengua y se humedeció los labios. Luego cerró los ojos. Pablo no pudo deshacerse de sus fantasías.
Después de un minuto…
—¡Ahora ! ¡miradme!.
El flash iluminó de forma repetida el fondo negro del set como un relámpago que cruza el oscuro cielo en una noche de tormenta. Por un instante, todo pareció desaparecer, excepto ellos. Todavía cegados por el resplandor del flash, ambos se despidieron de Carmelo y descendieron caminando por la pequeña pendiente, hacía el coche.
—Vaya tío más raro, te digo yo que algo oculta—comentó Virginia con una mirada pícara.
—Eso quiere decir que te gusta ¿o qué? Todos tenemos nuestras peculiaridades, nuestros secretos, pero no lo llevamos escrito en la frente. Es un buen tipo. Y sí, un poco raro es, pero tiene sus motivos, es una larga historia. Algún día,  si tenemos ocasión, hablaremos de ello. Aunque adelanto que no te va a gustar. Es un amigo muy especial, diría que es una de esas personas a las que no puedes dejar de apreciar a pesar de que en algún momento puedas llegar a odiarle.
— ¿Cómo a ti? —Virginia soltó una carcajada.