MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

La cita


Marina pagó la cuenta con su American Express Oro y salió de Handicap para dirigirse andando hasta el hotel Palace. Se sentía extremadamente excitada. Bajo su abrigo ligero podía sentir como el vestido de Valentino se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Caminaba escuchando cada paso entre el río de gentes que volvían la cabeza como quien observa un escaparate de una tienda de lujo. Era una melodía mezclada: los tacones de sus zapatos Gloria y el rodar de su trolley Louis Vuitton. Antes había utilizado otra vez la American Express para pagar lo que llevaba puesto: medias de seda, liguero y un conjunto de sujetador y culotte del diseñador español Andrés Sardá. Tenía la sensación de caminar  desnuda ante la mirada de los transeúntes, que no apartaban la vista de sus largas piernas.
En la puerta del hotel, el portero, vestido de librea, le hizo una reverencia y se ofreció a llevar su trolley…
—No es necesario, gracias— le respondió educadamente al tiempo que se quitaba las gafas de sol. Después atravesó la rotonda bajo la gran cúpula de cristal, sintiéndose observada. Volvió sobre sus pasos como si de una pasarela se tratase y tomó el ascensor hasta la tercera planta donde había reservado una habitación Premium con vistas a la Plaza de Neptuno.
Una vez al mes, él  viajaba a Madrid con el fin de supervisar la marcha de su empresa. Como todos, también tenía su secreto. Los negocios le habían ido bien y, a pesar de la crisis, su economía seguía creciendo. Había dejado a su familia en Bilbao y, esta vez, estaba solo… aunque no exactamente. Hacía tiempo que deseaba que llegara este momento. Había quedado en encontrarse con alguien y hoy, por fin, después de muchas dudas…había llegado  el momento. La comida de negocios se le hizo eterna. La impaciencia minaba su atención y le costaba seguir las conversaciones. Después de un par de horas volvió a su despacho y se cambió de ropa: pantalón ajustado tipo leggins, camiseta de lycra, botas Mártin y una chaqueta de cuero, todo negro. Se miró por última vez en el espejo y asintió con la cabeza en un gesto de autoafirmación. Descendió directamente en el ascensor desde su despacho al garaje. El Mustang, negro zafiro, le llevo rápidamente hasta la Carrera de San Jerónimo, directamente hasta el parking del hotel. Miró el bloc de notas de su smartphone y tomó el ascensor hasta la tercera planta.
-….369, – exclamó para si mismo-, inspiró profundamente, se ajustó la chaqueta y llamó con los nudillos.
—Adelante, pasa.
La habitación estaba oscura. Las cortinas corridas apenas dejaban pasar un ligero resplandor del atardecer. Al fondo, sobre un amplio sillón, iluminado cenitalmente por una lámpara de pie, se encontraba el motivo de sus deseos.
El hombre tardó unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Ninguno cruzó una sola palabra. Sobre la cama había varias prendas de mujer, lencería y zapatos.
—Vamos, ya sabes lo que me gusta, vístete…
El olor a tabaco negro y fuerte inundaba la habitación.
— …Cohíba Behique 54, me encanta—musitó él.
Inspiró dos o tres veces y notó la gran diferencia con esos antros rancios y decadentes que visitaba de vez en cuando. Se quedó de pie, inmóvil, y a  continuación empezó a desvestirse. Los dedos le temblaban y le costó deshacerse de los leggins pegados a su piel totalmente depilada.
Al fondo, con las piernas cruzadas, podía adivinar entre la penumbra a quien tanto había esperado encontrar. Tenía un aspecto muy varonil. Elegante. El traje, caro e impecable. Los zapatos Barker Black eran hipnotizantes y la corbata de Hermes, de tonos verdes, completaban un retrato de aquel perfecto deseo imaginado. Se sentó sobre el borde de la cama. Mientras deslizaba las medias de seda sobre sus piernas torneadas, una boluta de humo le alcanzó en la cara y un placer inmenso penetró por sus fosas nasales. Se acercó al sillón muy despacio, sin mirarla, y se puso de rodillas, de espaldas. Con un gesto pidió que terminara de subir la cremallera del “Valentino”. Entornó los ojos y aspiró de nuevo el humo del cigarro. Luego se dio la vuelta.
— Toma sólo falta esto…
Tomó el lipstick Queen y lo pasó sobre sus labios sin preocuparse demasiado. Le gustaba desdibujado, como una puta de meublé barato. Una nueva bocanada de humo sobre la cara hizo que sus ojos adquirieran un brillo húmedo, lacrimógeno. Su respiración empezó a agitarse.
—Como habrás observado he empleado bien tu dinero. Me gustaba más el traje de Valenciaga… Pero tardaban en conseguir mi talla.
—No me preocupa, sabes que te daré lo que quieras. No repararé en gastos. He esperado mucho tiempo a que llegara este momento. No puedes imaginar los sitios en los que estado, hasta conseguir encontrar lo que llevo toda la vida deseando.
—Voy a gastar todo tu dinero…ya lo sabes. Es un placer para mi y también para ti ¿verdad?, a no ser que prefieras que busque a alguien más dispuesto.
—¡No!, te quiero para mi!… Sólo para mí.
—Me gusta oírte decir eso…Ya sabes que me excita sobremanera chulearte. Espero que seas merecedor de mi atención y no me defraudes. Es el tributo que tienes que pagar. He estado comiendo en Handicap, sola, vestida con eso que llevas puesto. Todo un éxito, no han dejado de mirarme un solo minuto. Creo que me miraban como yo a ti ahora: como a una scort cara. Acercate más.
Se acercó hasta estar entre sus piernas y puso sus manos sobre las rodillas, deleitándose con el suave tacto del traje de seda. Ella tomó una bocanada de humo del cigarro y dejó que escapara lentamente entre sus labios mientras abría deliberadamente sus piernas..
—¿Cuantas veces lo has imaginado?. Seguro que tantas como yo. En el fondo, tenemos un doble cuerpo. Un cuerpo perfecto. Sólo posible cuando están juntos. Somos la cáscara y la yema.

Él desabrochó el cinturón con el mismo y cuidado ritual que una geisha. Después bajó la cremallera y se recreó en el sonido que emitía cada diente. El bóxer de CK, blanco impoluto, deslumbró ante sus ojos. Luego acarició la tela que aprisionaba aquel miembro marcado con todo detalle. Abrió la boca y se quedó inmóvil mirando a Marina. Le pareció un ser perfecto. Tenía la masculinidad que a él le faltaba. Meditó respecto a lo bien que había gastado su dinero. Sin duda, después de tan largas conversaciones, sabía perfectamente como debía tratarle.

Marina dejo caer su saliva sobre su boca y éste lamió el bóxer hasta mojarlo completamente. Ahora incluso podía apreciar el color rosado de su miembro. Estaba deseando liberarlo de su prisión y sentir su dureza en cualquier parte de su cuerpo. Pero entonces, cuando más lo deseaba, ella se levantó, subió la cremallera del pantalón, ajustó su cinturón y se quedó frente a él. Levantó su barbilla con la mano, le miró a los ojos y le ordenó que se quitara el vestido.
Estaba impresionante con esa lencería cara. Su piel estaba extremadamente cuidada, una depilación impecable y un cuerpo fibroso, delgado, torneado en el gimnasio. Muchas mujeres lo envidiarían.
Marina le empujó suavemente sobre los hombros y quedó tendido en la cama boca arriba. Se puso encima de él, le sujetó las manos sobre la cabeza y le pasó su lengua entre los labios. El olor y sabor a Cohíba le excitó aún más. Respiró profundamente y notó la presión de su muslo entre las piernas. Nunca lo había deseado tanto. Que distinto era aquel cuerpo, tan diferente al de aquellos viejos depravados a los que tenía que entregarse de vez en cuando, en tugurios de mala muerte.
—Para ser la primera vez, es suficiente — le dijo acomodándose el traje—.
—Ahora tienes que volver a casa. Pensaré si tu tributo merece algo más.
—Nooo! Te daré lo que me pidas. ¿Serás sólo para mí verdad? —le suplicó—.
—Quizás. Iré a verte a tu despacho. Quiero el poder, sobre ti y sobre todo.
—Lo que tu quieras, pero dime que sólo serás para mi —le suplicó de nuevo—¿Quieres más dinero…?…
— No olvides una cosa: Sin mi no eres nada. ¿Que pasaría si no volvieras a verme? ¿para que te serviría tu dinero?. La cáscara y la yema. Vístete.
Marina, desde la venta de la habitación, vio girar el Mustang en la glorieta y perderse en la distancia, enfilando el Paseo del Prado en dirección norte, mientras se quitaba el strapon y se acomodaba de nuevo el vestido. Metió con cuidado el portatrajes y el resto de la ropa en su trolley y llamó al servicio de habitaciones. Esta vez cruzó bajo la cúpula seguida del mozo con su equipaje. Su mirada estaba ausente. En la puerta del Palace le esperaba un Uber. En unos minutos, estaría de nuevo en su precioso ático. El tabaco le daba sed y tenía la costumbre de tener siempre agua fría. Eso, las botellas de cristal y beber directamente eran algunas de sus manías.