Un día en París
Se sentía tan bien...El sol de media tarde se filtraba con suavidad a través del visillo del ventanal. El pequeño bistró, en una estrecha calle detrás de Gare de D'Orsay, mantenía ese aire decimonónico del París bohemio. Su silueta se recortaba a contra luz; cuando la miraba nunca podía dejar de pensar lo distinta que era a su lado. Parecía mucho mas joven. Sus ojos, de ese color de las aguas del Sena, se volvían juveniles, sus labios adquirían un brillo especial, como si estuvieran pintados por un impresionista. Después de tantos años era capaz de hacerlo tan real como si lo hubieran vivido. Ella siempre le decía que París es una ciudad para amantes.
Habían quedado allí, en el aeropuerto de Orly. La excusa...ninguna. Tan solo un viaje en solitario, uno de esos que habían pensado tantas veces. Un fin de semana de esparcimiento, en soledad, para visitar los museos que tanto les gustan a ambas. Nada más aparecer le recordó a la primera vez, caminando segura y de esa manera tan especial que parece ir apartando el aire a su paso. Como si todo se iluminara a su alrededor. Cuando le abrió la puerta del taxi no pudo evitar fijarse en sus piernas inquietas. Siempre le parecen preciosas. No es que sea algo anormal. Simplemente le gustan. Como si hiciera mil años, la besó en el asiento trasero, cogió su mano y la pidió que se apoyara contra ella. Así sintiendo su respiración y su corazón latir junto al suyo, recorrieron todo el trayecto desde el aeropuerto hasta el museo de Orsay.
Se pararon juntas de la mano frente a la impresionante fachada de la antigua estación. El magnífico edificio de 1900 parecía otro a través de sus ojos. Siempre le había dicho que era su museo preferido. Que tenía algo especial, igual que ella. Algo difícil de describir, que les hacía diferentes. Antes de entrar bajo junto a ella, como dos adolescentes, hasta el paseo junto al Sena. Se acercó al borde del agua y la besó como si fuera la primera vez. Le dijo, mientras la barcaza pasaba repleta de turistas, que esa era la orilla del beso. La orilla del sueño cumplido, donde muchas noches imaginaba tenerla abrazada. Un lugar donde nadie se fijaría en ellas, excepto la luz de París.
Después de recorrer las salas en una nube, entregarse a los brazos de las maravillosas esculturas, de mirar al cielo a través de las cúpulas acristaladas y suspirar de placer en cada caricia... Allí en la terraza del Café Campana, la enseñó a comer al aire libre d la corriente, sin esconder nada, a besar frente a la gente y decir, apoyada en la barandilla, con su pequeña mano en la suya y su fular fucsia al viento... ¡Sí París, la quiero! mientras le pedía susurrando a su oído... ¡Dímelo Celia, ahora que nos oye todo el mundo!
Esa tarde, después de agotar todos sus deseos entre las sábanas, escribiendo con la pluma de sus labios en la hoja en blanco de su cuerpo, la observó desnuda, con sus preciosos ojos de amor... se asomó a la ventana de la habitación y comprobó que sí, que su mundo tiene dos lunas.
Volvió a la cama y soñó que estaba con ella, mientras en silencio, a la luz de de la luna de media tarde, se dijo...¡Te quiero mi amor, tanto como te deseo!


