MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

El coleccionista de lápidas

Compungida, vestida totalmente de negro, la viuda arrojo una palada de arena sobre el difunto. A su edad, aún era atractiva y se mantenía en forma. Su nivel económico se notaba en su cuidado aspecto y a pesar del señalado día, no dejó de exhibir sus largas piernas cubiertas con medias de seda negra. Tampoco su minivestido ocultaba sus curvas modeladas en el gym. La verdad es que su estatus se lo debía a su rico marido, ahora dos metros bajo tierra. Su atractivo era tal que el párroco se salto un salmo de la homilía, que, trastabillado, intentó retomar. Atraídos los asistentes más por la viuda que por el difunto, ninguno se percató de que junto a la palada de tierra la viuda arrojó una bolsita con  unas llaves y una nota. Hacía tiempo que mantenía una relación con alguien muy especial. A la hora fijada en la nota, abrió la puerta del panteón familiar cerrando por dentro. Llevaba puesta una ligera trinchera. Debajo... nada. Tan solo un corsé del siglo pasado. Se sentó sobre el frío mármol y sus pezones se erizaron al instante. Sonó el teléfono… 

          -¿Como te gusta más? 

          -Ponte el mono, el más usado, sin nada debajo. 


El enterrador abrió la puerta del panteón. Sobre la lápida, ella esperaba  impaciente. Se acercó por la espalda y con las tijeras de podar cortó las cintas del corsé y pasó su lengua despacio por el surco de su espalda mientras sus manos masajeaban sus tetas operadas. Después la tumbó de espaldas y la viuda sintió como el relieve de las letras se clavaba en su piel.  Era un hombre rudo y corpulento, con la piel curtida por el viento y el sol. Cuando no ejercía en los decesos, pasaba el tiempo cuidando la finca del difunto marido. Había visto muchas veces, cuando en plena tarde de verano reparaba algún cercado, como la señora pasaba delante de él y clavaba sus ojos en su torso desnudo y sudoroso. Sacó las mangas y la parte superior del mono y lo ató a su cintura. Después sus enormes manos rasgaron las medias y ató sus piernas con ellas a las anillas de latón que adornaban la lápida. Cada embestida del enterrador provocaba las palabras más soeces que podáis imaginar. La viuda agarrada al mono del enterrador, poseída por la pasión, intentaba -si esto fuera posible- meterse dentro todo su cuerpo. El pobre hombre solo gemía y se movía al ritmo que la viuda marcaba. Su saliva empapaba los magníficos pechos y el sudor hacía del frío mármol un charco de fluidos y olor a sexo. Cuando se incorporó las letras de la lápida se marcaban en su espalda. 


El enterrador sacó su cámara y la fotografió. Una vez llegó a casa, pegó la imagen de su espalda en el mural,  junto a las de las demás viudas…