MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

Fuente de la Meca

Hace mucho, mucho tiempo, mirando al mar, con una calle de agua de por medio, vivía aquí una princesa de ojos oscuros y mirada de enamorada. Durante años, en su pueblo los turbantes eran la moda y las mujeres debían salir a la calle acompañadas. A su servicio estaba una castellana de ojos claros y pelo del color del atardecer. Abdul, su padre, tenía planes para ella: un casamiento con Hamed Al Jamed, un prometedor y apuesto príncipe, hijo del Califa de Córdoba. Anna, que así se llama la princesa, salió un día de paseo por Barbat, con su fiel amiga Aída, conocedora de todos los hechizos imaginables;  sabiendo que Anna no quería un hombre en su vida le propuso ir a beber agua de la fuente de la Meca, llamada así en honor de la ciudad sagrada. Del caño brotaba agua fresca y cristalina,  Aída tomó un poco entre sus manos y se lo dio a beber haciéndolo ella a continuación. Después llenó un pequeño frasco y le dijo: cuando estés con ese hombre, mójate los labios y ya no querrá casarse contigo. Y así lo hizo. El príncipe era incapaz de acercarse a sus labios; cada vez que lo hacía un extraño temblor sacudía su cuerpo, hasta convencerse de que aquella mujer n era para él.

Un día Anna le pregunto a su guapa asistente cual era el secreto de ese agua milagrosa, y Aída le contó...
"Desde que te ví, se cual es tu destino, así que, en las noches de luna nueva, bajo al caño de la Meca, baño mi cuerpo desnudo con su agua y miro el mar desde la orilla. Allí rezo para que algún día, la mujer que quiero se fije en mí. Es tal el deseo que si ambas probamos el agua de mis manos, nadie la mirará jamás como yo la miro."
Anna se sonrojó, inmóvil ante los ojos de Aída y esta tomó un sorbo de la botella y lo depositó en sus labios. Aquella noche la pasaron juntas sobre la cálida arena frente al mar, arrulladas por el sonido de las olas  hasta que la llamada del almuecín a la oración separó sus cuerpos.
Dicen que en los setenta, el movimiento hippie iba a los Caños de Meca para contemplar los atardeceres y que en los días claros y de luna llena, al otro lado, sobre la costa africana, se dibujaban la silueta de la princesa y su enamorada.