Capítulo III
La calle Válgame Dios, en el barrio de Chueca, es corta, angosta, y transcurre entre las de Augusto Figueroa y Gravina. El curioso nombre obedece a una leyenda de la edad media:
«Una noche de luna llena, dos hombres llegaron al convento de San Francisco en busca de un sacerdote, con el pretexto de socorrer a un moribundo.
El sacerdote accedió con la condición de que le acompañara un lego, el cual desconfiando de esos dos, escondió una espada entre sus ropas.
Cuando llegaron a las afueras de la Villa, los dos hombres apresaron y vendaron los ojos al sacerdote y ataron al lego. A continuación llevaron al cura hasta una cabaña y le ordenaron que tomara confesión a una mujer a la que tenían secuestrada y que bautizara después al hijo de ésta, pues, según le manifestaron, ambos iban a morir.
El sacerdote cumplió con lo que le mandaban. Mientras tanto, el lego se desató como pudo y fue en busca del religioso. De repente, a orillas de un pequeño barranco oyó un grito: “¡Válgame Dios!”. Era la voz de la mujer a la que intentaban matar los dos malhechores. El lego llego a tiempo y pudo impedir el asesinato, poniendo en fuga a los agresores.
De vuelta al convento la mujer les contó que esos dos hombres eran sus amantes y el niño era producto de su relación con un tercero.
Cabe suponer que serían entonces el sacerdote y el lego quienes exclamarían al unísono lo de “Válgame Dios”.
Y es que esta expresión que en sus orígenes significaba “Socorro” ha pasado a querer decir algo así como: “Qué barbaridad”.
Las gentes, al conocer este hecho dieron a aquel barranco el nombre de Válgame Dios.»
La estrecha calle está cortada al tráfico por el suceso, aunque no causa muchas molestias. Son alrededor de las 23:30. Tan sólo han pasado veinticinco minutos desde que un vecino avisó a la policía. En el número 3 se encuentra la casa de la familia Torres Quevedo. De estilo afrancesado, es un precioso edificio de principios del siglo XX. En el primer piso, que está alquilado, es donde han encontrado el cadáver.
El hombre, sentado sobre un sillón isabelino, no parece tener signos de violencia a simple vista. Viste pantalón de alpaca de corte pitillo y camisa blanca ajustada. Aparenta unos cuarenta y cinco años y a juzgar por su aspecto musculado, su ropa cara y el moreno de su piel, debía cuidarse con esmero.
Pablo Roig es meticuloso, paciente, frío y de pocas palabras. De carácter taciturno, no es precisamente alguien con quien te irías una noche de copas. Daba la sensación de que algo o alguien había forjado en él un rictus de desconfianza, tristeza y amargura imborrables. Sin embargo es un buen policía, con experiencia y conocedor de los entresijos de la calle. Pero su carácter ya no es el de aquel policía de pueblo, que tonteaba con su compañera Virginia. La edad había forjado en él un carácter muy diferente. Se había vuelto imperativo, dominante, como si quisiera demostrar quien manda en cada una de sus palabras. Poco quedaba de aquel amable “señor mayor”, como le llamaba ella, al que todo el mundo quería.
—¡No quiero a nadie dentro de la escena…ni preguntas!. Fotografiarlo todo, y cuando digo todo, es todo; la estancia al completo. ¡No toquéis nada.!. ¡Cualquier cosa extraña, detalle, dudas o las bobadas de siempre ¡Consultadme!
Su tono de voz era alto, un tanto iracundo, y cuando se encontraba en una situación así, sus sentidos se agudizaban y solo existía un universo: la escena del crimen. Así que tardó poco en encontrar algo extraño, anormal: el cadáver no tenía zapatos, ni calcetines. Observó detenidamente los pies desnudos; las uñas estaban perfectamente cortadas y no tenía callosidades. Sin duda les prestaba atención. Al acercarse más se dio cuenta de que su pie derecho era diferente. Estaba cubierto en parte por un extraño polvo blanco y tenía un olor peculiar. Roig extrajo de su bolsillo un test y recogió una muestra. Sobre la mesa auxiliar observó un cronógrafo Hublot . Marcaba las 22:00 horas. Estaba parado y le extrañó que una máquina de cien mil euros fallara. En los armarios la ropa estaba cuidadosamente ordenada: camisas de diferentes colores en un estante y pantalones con sus perchas individuales. Los zapatos en cajas transparentes con sus hormas ajustables. Los cinturones colgados de un extraíble, al igual que las corbatas. Las chaquetas eran todas de colores oscuros. En un rincón del armario había un par de mancuernas de 17 kg., un banco de abdominales y un tensor de gomas. Dentro de la mesilla de noche, tan solo una caja de preservativos, monedas sueltas, algún ticket de compra y un radio-despertador bastante antiguo.. Le sorprendió que no hubiera fotografía alguna, ni agenda, ni ordenador, ni móvil. Quizá el asesino —suponiendo que fuera un crimen— se lo hubiera llevado. Cuando hablaron con el vecino dijo haber escuchado un extraño ruido y luces similares a un relámpago. Se asustó porque, al mirar por su ventana, al otro lado del patio, los cristales y las paredes del apartamento parecieron comportarse de manera muy extraña, como si se hubieran reblandecido y se tornaran semitransparentes. Así es como vio al hombre inconsciente sobre el sillón. Aunque tenía dudas si había alguien más, ya que le pareció ver a ese hombre luchando consigo mismo hasta caer desplomado. No supo explicar tan extraño suceso. Cuando Pablo le interrogó, su aliento delataba un exceso de alcohol y le hizo suponer que su narración estaba plagada de delirios. Aún así, se aplicó el refrán “solo los borrachos y los niños dicen la verdad”.
Cuando el comisario terminó de examinar todo, al recorrer el largo pasillo cubierto por la preciosa alfombra, se detuvo. Retrocedió unos pasos y volvió de nuevo al mismo lugar. Su fino oído, su instinto de policía, captó una diferencia de presión en las pisadas. Levantó la alfombra y golpeó con los nudillos la tarima; luego levantó con su navaja una de las tablas y la encontró. Era una pequeña caja de seguridad empotrada en el suelo —no se por qué pero creo que aquí está la clave. Nadie esconde nada que no sea importante… aunque puede que tan solo sean sus ahorros—. La caja fuerte solo contenía un libro de aspecto un tanto extraño y que el único valor que podía tener era su antigüedad o que se tratará de una primera edición o una rareza. La cubierta era muy elaborada y no entendía nada de lo que podría ser el título o el autor. Parecía labrada o recubierta de algún metal, aunque no estaba muy seguro. ¿Buscaría el asesino precisamente esto? —se preguntó—. Se lo guardo en su maletín y entregó la caja a uno de los policías, pero vacía. Durante horas siguieron registrando el piso a conciencia. Pablo era de una meticulosidad extrema.
Se había hecho muy tarde, casi de madrugada. La luz de las últimas farolas se confundía con los primeros rayos de sol. Mientras caminaba seguía dándole vueltas al caso de Válgame Dios. Su cerebro luchaba para no dejarse llevar por las apariencias. El barrio de Chueca es un lugar donde hace tiempo que la comunidad LGTBI ha establecido su residencia preferida. Se han hecho un hueco en la sociedad y pueden presumir de ser un colectivo reconocido y al que las grandes firmas de moda y comercio en general, tienen en cuenta dado su poder adquisitivo y su preocupación por la imagen y las tendencias estéticas. Nada que ver con lo que era en los ochenta. Entonces era un barrio sórdido, donde caminar a altas horas de la noche tenía su riesgo. Aunque nunca estuvo exento de un cierto morbo. Era un barrio para iniciados, para conocedores de los lugares donde, entonces, aún despuntando, se daban cita los que no querían mostrar públicamente su condición sexual. La droga pululaba por doquier y los camellos campaban a sus anchas como si el barrio fuera su oficina. Era un barrio marginal y pobre. Allí homosexuales, lesbianas, transexuales...se sentían a salvo. En los 80 ningún policía acudía a las llamadas de algún vecino. Eran libres para poder expresar lo que no podían en otros lugares. En cierto modo era un barrio donde se respiraba un aire de libertad.
El cadáver parecía disfrutar de una holgada economía. Olía a perfume de marca, cutis cuidado y ropa cara. Además los alquileres en el barrio y sobre todo en ese edificio señorial, no son baratos. No hay duda de que podría tratarse de un crimen sexual, pero también no serlo. No quería condicionarse. Su propia experiencia y su conocimiento del oscuro mundo de las prácticas sexuales más extremas, le invitaban a considerar esa posibilidad…pero, al mismo tiempo, le frenaba.—No tengo ni una sola pista, tan solo un pie manchado, el testimonio de un vecino alcohólico y miles de posibilidades. Ni siquiera sabemos qué, quién o cómo le han matado. Espero que la autopsia me ayude en algo. La historia del único testigo parece increíble, producto del despertar de alguna pesadilla. Se habrá quedado dormido viendo la televisión y se habrá despertado sobresaltado por los ruidos. El alcohol juega malas pasadas. Tengo verdadera curiosidad por saber de que ha muerto ese hombre. Según los bomberos la puerta estaba cerrada con llave y no había signos de haber sido forzada, y nadie ha visto entrar o salir a ninguna persona del edificio a esas horas. No me apetece verle de nuevo, pero voy a tener que llamar a Carmelo para que me eche una mano—.
Ensimismado en sus pensamientos, cuando se quiso dar cuenta estaba en el Barrio de las Letras. Bajando por la calle de las Huertas en dirección a la estación de Atocha, todavía se encontró gente por la calle; los últimos habitantes de la noche madrileña. En su caminar llegó a la esquina con la calle del León. Se fijó en la placa donde un hombre sujetaba a un león atado con una cadena. Pensó que era un nombre extraño para una calle de Madrid, tanto o más que Válgame Dios. A pesar del cansancio debido a la tensión, el paseo en solitario le reconfortaba. Pensó en sus años como policía local en aquel pequeño pueblo y la satisfacción que—ya como policía de la brigada criminal—le producía recorrer todos los rincones de la noche madrileña, casi siempre solo. Claro que, entonces, tenía casi veinte años menos y un pasado empresarial que prefería no recordar.
—La noche, el alcohol y las drogas dejan al descubierto la verdadera esencia del alma. Somos como los depredadores cuya mayor actividad es nocturna. La habilidad queda limitada por las especiales condiciones de luz y hay que estar siempre alerta. Algunas personas, sin embargo, esas fantasías nocturnas, esa libertad de consciencia, la suplen con los sueños. Yo prefiero las pesadillas del mundo nocturno—. Por un momento entornó los ojos y pensó en Virginia y en sus tiempos de patrulla juntos —¿Que habrá sido de ella?—Tenía muy claro que el ser humano es de por sí perverso, consciente del bien y del mal, pero tendente a disfrutar de las cosas prohibidas, experimentar el deseo de lo que no le está permitido.
—Mañana llamaré a Carmelo, y comeremos en el Comunista. Después iremos al apartamento y al depósito de cadáveres. Es muy tarde.
Al día siguiente le esperaba una sorprendente revelación: la autopsia.
Mientras, en un lugar no muy alejado...
A Carmelo le encantaba observar acomodado en una esquina de la barra o sentado a una mesa desde donde tuviera una amplia perspectiva del local. Al otro lado sus amigas se divertían con unas copas.
Daniela estaba perdidamente enamorada. Lo supo enseguida, incluso antes de retratarla junto a su amiga Marina. Había una gran diferencia de edad pero las dos eran muy guapas. Daniela es menuda y morena, aunque es italiana, su español es perfecto. Ya antes de vivir en España, lo hablaba correctamente. Su madre se había preocupado de que aprendiera el idioma de su país. Ahora hacía años que vivían en Madrid. Su pelo negro y liso, su cara de grandes ojos y sus labios marcados le hacían sumamente atractiva. No tenía un cuerpo estilizado, ni largas piernas… pero era armónica. Un conjunto de átomos coherentes.
—¡Vamos chicas…! ¡...dejad un momento los chupitos y mirad las dos al pajarito!
—Joder!..¿ahora?…—dijeron las dos al unísono.
—Sí, os dije que sería cuando yo quisiera…y es ahora. Cerrad los ojos…abridlos…
Miró la foto en su Canon. Le hubiera gustado usar su vieja Leica de gran formato, pero estos últimos años había descubierto las ventajas de la fotografía digital. De todas maneras siempre las imprimía en papel. Por alguna razón desconocida, siempre encontraba algo que no aparecía en la pantalla.
Los labios de ambas esbozaron un beso. Los ojos de Daniela no miraban a cámara, estaban clavados en las pupilas de Marina. Eran muy distintas, pero ambas tenían algo que le atraía. Si hubiera sido más joven habría tenido dificultades para elegir. Ahora sólo le interesaba lo que se escondía tras la foto, y entre las dos había algo, como un hilo invisible que las unía.
Al otro extremo de la barra, unos chicos charlaban animadamente sin hacerles el menor caso. No entendía el motivo por el cual los jóvenes de esta generación mostraban tan poco interés por las mujeres. Aunque la razón pudiera ser la facilidad para entablar relaciones si lo comparaba con las dificultades de su juventud. Su edad le daba la ventaja de la confianza. Él las conocía mejor que nadie. Podía ser el guardián de sus secretos o el señor con experiencia al que le pides consejo. Ésto, a veces, hacía inevitable que perturbara sus sentidos. —¿Serán conscientes de sus sentimientos?, no puedo creer que Marina no se haya dado cuenta. Es tan evidente…—.Puede que no dejaran de ser imaginaciones suyas o desconocimiento de sus vidas íntimas...o quizá no. Al fin y al cabo eso era lo que pretendía ver a través del objetivo.
El tono de llamada de su móvil (I Don't Want to Miss a Thing) le abstrajo de sus pensamientos…
—Hola, soy Pablo. La verdad es que no quería llamarte, no es algo que me apeteciera especialmente, pero es a nivel profesional. Necesito tu ayuda. Quiero que me acompañes al Instituto Anatómico Forense y que fotografíes un cadáver antes de que se le practique la autopsia. Podemos quedar en Plaza de Castilla. Deja tu coche en el parking y te recojo. Iremos en el mío. Eso sí, tráete contigo tu magia, la vamos a necesitar. Cuando acabemos te invito a comer en El Comunista.
Carmelo colgó y se quedó pensativo. ¿Que quería Roig?. Le conocía desde su época de policía local y de hecho fue una de las primeras parejas a la que estudió. Aún tenía la imagen de su compañera Virginia en su cerebro. Había pasado mucho tiempo y su relación no era precisamente tan cordial como entonces. No siempre te gusta que descubran tus secretos. No obstante seguía dándole vueltas a cuestiones que estaban más allá de su entendimiento. Aquellos sueños recurrentes no tenían explicación, pero de lo que no tenía dudas es de que era él. Por alguna razón lo sabía, no tenía pruebas pero su instinto, su otra forma de mirar, le decía que su amigo tenía un secreto inconfesable.
Antes de comer, Pablo y Carmelo se dirigieron al Anatómico Forense. Para ninguno de los dos era una experiencia ingrata. Ambos habían visto muchos cadáveres y en situaciones mucho más desagradables. Sobre la mesa de acero inoxidable, totalmente desnudo se encontraba el hombre de “Valgamedios”. No difería mucho de los aproximadamente treinta "fiambres" a los que se practica la autopsia en Madrid. Su piel era pálida. Como si le hubieran extraído toda la sangre y con ello la vida. Nada anormal, por otra parte. Después de que el forense tomara las fotos reglamentarias, Pablo le pidió permiso para que su amigo “el fotógrafo de poderes especiales” hiciera un reportaje con su propia cámara. Carmelo les pidió que salieran de la habitación y a solas con la muerte tomó una y otra vez imágenes desde todos los ángulos posibles.
—Gracias por dejarnos tomar estas fotos Calderón —dijo Pablo—, le ruego que me informe lo antes posible del resultado de la autopsia.
—Antes de las diez de la noche podré decirle algo comisario. En cuanto remita el informe al Juez, podrá conocer los detalles. Puedo adelantarle que no parece una muerte violenta. Seguramente tendremos que esperar a los análisis toxicológicos. Esperemos que todo sea tan sencillo.
Ya en el coche, camino del barrio de Chueca, Pablo puso en antecedentes a Carmelo.
—Lo encontramos en un piso alquilado. Un vecino dice que se llevó un buen susto. Según cuenta vio al hombre inconsciente a través de las paredes del apartamento, después de que un enorme resplandor las hiciera transparentes. Después de hablar con él… joder… es que me siento ridículo contando esto…. Dice que instintivamente alargo su brazo y atravesó la pared hasta lograr tocar a ese individuo…Creo que o estaba drogado o medio dormido. Pero la realidad es que fue él quien avisó al 112. Cuando le interrogué apestaba a alcohol. Así que tengo mis dudas sobre su relato, además de que lo considero inverosímil. Un delirio por ingesta de vaya usted a saber qué. Pero es el único testigo que tenemos. Habrá que empezar por ahí. El tipo parece sano como un roble. No tiene marcas visibles, no hay rastro de violencia en el apartamento y la puerta de entrada estaba cerrada con llave. Todo un misterio. Tampoco parece que haya sido un robo. Es todo lo que te puedo decir.
Carmelo escuchaba atentamente sin decir una palabra. Dejó que Pablo se explayara en sus explicaciones y sus pensamientos. Su rostro no mostraba el menor signo de interés y se limitaba a mirar hacia adelante como si él fuera el conductor del vehículo. Si Pablo tuviera el poder de mirar a través de la materia, en lo más profundo de los ojos del fotógrafo, lo que vería sería tan incomprensible para él, como no verlo.
—Necesito que fotografíes el lugar de los hechos y me des tu opinión. Está todo tal y como lo encontramos. Bueno… casi todo.
—¿Casi todo?—Ahora Carmelo si giró la cabeza reforzando la pregunta—¿Y dónde está …lo que ya no está?
—Encontré algo que se nos pasó por alto en la primera inspección. Algo que puede tener valor o simplemente no ser nada. Ya sé que es una irregularidad ocultar pruebas… pero tu me conoces, yo no soy precisamente muy ortodoxo. Déjame unos días… ya te lo contaré. Antes vamos a terminar con tu trabajo.
Igual que en el IAF, Carmelo entró solo al apartamento. El comisario se quedó en la puerta. Nunca entendía por qué tenia que hacer las fotos en solitario.
Después de casi una hora, Carmelo dio por terminada la sesión.
—¿Has visto algo fuera de lo normal?
—Nada. Parece el apartamento de un tío soltero, deportista, sin pareja, que no lee….que no fuma…sin fotos de familia…ni agenda, ni teléfono. Nada de valor, excepto un cronógrafo caro, que por cierto, estaba parado. No he podido resistir la tentación de tocarlo, lo siento. Cuando lo he cogido para agitarlo y ver si volvía a funcionar…me pareció falso.
—¿Falso? ¿Por qué?.
—No pesaba lo suficiente. Un Hublot de ese tamaño y precio debería ser más pesado. Éste es ligero como un reloj de cuarzo barato. Pero vista la escena y como vivía ese hombre, no parece que sea uno de esos que compre relojes de imitación para presumir. La esfera me pareció muy singular. No tenía las particiones habituales. En lugar de los números que indican las horas, había unos huecos con signos que nunca había visto. Una rareza o un modelo muy exclusivo. Te diría que lo examinaras.
Pablo, sin decir nada y con su cabeza llena de datos comenzó a bajar las escaleras seguido de Carmelo. Si continuaba dando vueltas a esta historia, las croquetas de El Comunista, le sentarían fatal.,
Comieron, tomaron un par de orujos—para él no había diferencia entre estar o no de servicio— y dejó a Carmelo en Plaza de Castilla. Llegó a casa alrededor de las 19:00. Ella aún no había llegado y Laura, la chica que se ocupaba de la limpieza le había dejado una nota en su mesa del pequeño despacho:<ha llamado su mujer, llegará sobre las 22:00. Va de compras con una amiga>.Se quitó los zapatos y, sentado en el sofá del salón, miró sus pies intentando encontrar una respuesta—¿por qué no tenía zapatos ni calcetines? ¿y esa mancha que sería?—La vibración de su móvil interrumpió una larga secuencia de preguntas.
—¿Sr. Roig?, soy Calderón. Tengo los informes.
—Estupendo, cuénteme.
—No es lo que esperaba. Estaba en lo cierto comisario, no tiene ningún signo de violencia ni señal alguna de arma blanca, pinchazos o cualquier marca o erosión en su piel. Tampoco hemos conseguido averiguar la causa de la muerte examinando sus órganos. Están sanos, demasiado sanos para un hombre de su edad, diría que, o bien es un tipo con un físico privilegiado o su edad no se corresponde con las apariencias externas. No hay nada que determine el motivo de la muerte. Ningún fallo somático aparente. Si respirase, estaría vivo. Estamos a falta de recibir los informes del Instituto Nacional de Toxicología, es lo único que podría determinar el motivo de que no lo esté.
—Calderón, le habrán envenenado o se habrá intoxicado. Eso sería lo más lógico. Nadie deja de respirar porque si. Ni tan siquiera, voluntariamente, eso no es posible. La gente muere por algo, usted lo sabe mejor que nadie.
—Tiene usted una mente muy lógica, pero dudo que esa sea la razón. Nada en el examen permite aventurar esa hipótesis. Pero ahora viene lo más increíble —Pablo sintió como su corazón bombeaba a mayor ritmo la sangre a su cerebro—, no lo va a creer. Todos sus órganos están dispuestos de forma invertida. Bueno, no exactamente. Como si los viéramos frente a un espejo. Podría ser una anomalía congénita. He consulado toda la bibliografía médica disponible, he consultado a mis colegas, y nada. Nunca nadie, que se sepa, en todo el mundo, ha sido encontrado con esta particularidad. Existen personas con un solo riñón, con un corazón mas o menos grande de la media, con defectos genéticos muy conocidos, pero algo así, un cuerpo como si fuera la imagen de un espejo, nunca se ha visto.
—Y eso…¿podría haberle matado?.
—Técnicamente no. Si ha vivido así durante cuarenta años no tendría por que ser el motivo del fallecimiento. No se que decirle comisario.
—Gracias Calderón. Esto no facilita mi tarea. Una última pregunta, ¿Podría ser una muerte natural?
—Señor Roig, la muerte natural, ese concepto tan manido, no existe. Algo deja de funcionar: el corazón, los pulmones, riñones, hígado… y quedan indicios. Siempre quedan indicios. Creo que no me ha entendido…o no me he explicado correctamente. No hay ninguna razón para que ese hombre no esté vivo. Aparte del simple hecho de que no respira, está sano como un roble. ¡Ah lo olvidaba!. ¿Se acuerda del polvo del pie?. ¡Adivine!, no lo va a creer, es tan solo talco. Bueno contiene novocaína, un anestésico local que se usa en pequeñas dosis en los preservativos para retardar la eyaculación. No se que sentido tiene esa sustancia en un pie…usted es el policía.
—Gracias Calderón. Es un detalle, lo tendré en cuenta. Esperaremos el informe del INT, quizás ahí esté la clave.
Unos días después los informes toxicológicos estaban a su disposición. No había rastro alguno que hiciera suponer que el hombre hubiera sido envenenado. Solo unas líneas con una información irrelevante, pero que, como se decía, resultaba un tanto extraña:
“Se observa, sin que esto resulte incompatible con la vida, un tamaño anormal de las células que componen las muestras de tejidos”


