Capítulo V
Después de conocer el informe negativo del Instituto Nacional de Toxicología, Pablo Roig se encontraba en un callejón sin salida. No tenía ni una sola pista sobre el supuesto asesinato del hombre de Válgame Dios. Tan sólo el extraño testimonio de un vecino que aseguraba haber presenciado como las paredes se hacían transparentes …y un extraño libro. Todas sus esperanzas estaban puestas en los “poderes especiales” de su amigo Carmelo, el fotógrafo. Desvelado e inquieto pensó en aprovechar el tiempo para repasar el libro que había encontrado oculto bajo la tarima. No tenía título y estaba repleto de formulaciones matemáticas y dibujos geométricos de lo más extraño, que para él no tenían ningún significado. Además las anotaciones se hallaban escritas en un idioma que no reconocía. Parecía de origen oriental, quizá persa, indi o hebreo. Él apenas podía defenderse en un básico inglés.
La noche era desapacible, típica de mediados de otoño. Podía oír el aire acariciar las persianas venecianas y como la luz de las farolas agitadas por el viento se filtraba a intervalos creando un ambiente espectral en su dormitorio. Pablo se dispuso a investigar en su tablet. Parecía que la tormenta estuviera amasando las nubes para hacerles estallar en un orgasmo de luz y sonido. Abrió el traductor de Google y después de tomar una fotografía con la cámara y editarla, seleccionó y pegó lo que pudiera ser un nombre o un título que aparecía en la prímera página: ராமானுஜன். En menos de una milésima de segundo tuvo la respuesta: Ramanujan. A continuación lo introdujo en el buscador y a la misma velocidad aparecieron multitud de resultados con información sobre el que parecía ser Srinivāsa Aiyangār Rāmānujan, ஸ்ரீனிவாஸ ஐயங்கார் ராமானுஜன் en tamil, su idioma materno. Entonces supo que Ramanujan fue un extraordinario matemático indio, sin formación académica, autor de ecuaciones y teoremas geométricos muy avanzados, considerados la obra de un genio. Uno de los mejores teóricos de la historia. Entre la documentación que encontró en internet le llamó la atención la carta que Ramanujan dirigió a G.H.Hardy, miembro del Trinity College de Cambridge:
“Apreciado señor:
Me permito presentarme a usted como un oficinista del departamento de cuentas del Port Trust Office de Madrás con un salario de 20 libras anuales solamente. Tengo cerca de 23 años de edad. No he recibido educación universitaria, pero he seguido los cursos de la escuela ordinaria. Una vez dejada la escuela he empleado el tiempo libre de que disponía para trabajar en matemáticas. No he pasado por el proceso regular convencional que se sigue en un curso universitario, pero estoy siguiendo una trayectoria propia. He hecho un estudio detallado de las series divergentes en general y los resultados a que he llegado son calificados como “sorprendentes” por los matemáticos locales…
Yo querría pedirle que repasara los trabajos aquí incluidos. Si usted se convence de que hay alguna cosa de valor me gustaría publicar mis teoremas, ya que soy pobre. No he presentado los cálculos reales ni las expresiones que he adoptado, pero he indicado el proceso que sigo. Debido a mi poca experiencia tendría en gran estima cualquier consejo que usted me hiciera. Pido que me excuse por las molestias que ocasiono.
Quedo, apreciado señor, a su entera disposición .
S. Ramanujan”
Pablo, aún no siendo un hombre al que le apasionara la ciencia, estaba totalmente impresionado por las capacidades de aquel humilde indio sin formación, para formular teorías que no estaban al alcance de los más ilustres cerebros de la ciencia de su tiempo. Continuó leyendo y anotó una frase en su cuaderno: “Ramanujan atribuye su talento a que la diosa de Namakkal le inspira las formulas en sueños…” Por muchas vueltas que le daba, a pesar de lo extraordinario de la historia de tan ilustre personaje, no conseguía encontrar ningún nexo de unión entre los cuadernos y el suceso de Válgame Dios. Desorientado pasó la última página y se fijó en el dibujo geométrico grabado en la contraportada metalizada. Lo observó detenidamente. Parecía un simple mandala. Se quitó las gafas y lo acercó a sus ojos. Tenía dificultades para poder enfocarlo detenidamente debido al extraño patrón del dibujo. Pasó sus dedos por encima y de pronto, un resplandor iluminó la habitación. La luz era tan potente que todo pareció desvanecerse.
Cegado por la luz estroboscópica, sintió como todo su cuerpo parecía proyectarse hacía un punto de fuga que atravesaba la pared de su dormitorio hasta converger en la habitación donde su pareja dormía apaciblemente. Solo fue un instante, aunque no podría precisar su duración. De lo que si estaba seguro es de una cosa: la había visto a través del tabique. Se levantó sudoroso y cerró las persianas venecianas hasta evitar que un solo fotón entrara en la estancia. Fue entonces cuando se dio cuenta. Su mano derecha tenía una extraña mancha blanquecina en los dedos. Instintivamente se los acercó a su nariz.
-Santo Dios!…huele como el pie de ese hombre…
La luz desapareció y un trueno hizo temblar los cristales del apartamento. Ella corrió asustada desde su habitación y se refugió entre los brazos de Pablo.
—Hoy prefiero dormir a tu lado. No me gustan las tormentas.
La lluvia repiqueteaba sobre las persianas metálicas como una sinfonía para piano. Pablo se sintió aliviado al tenerla a su lado. A pesar de todo, la quería. Sentir la piel suave de sus pechos al ritmo de su respiración agitada, le hizo olvidar por un momento lo que había sucedido. Le hubiera gustado poder complacer sus deseos sexuales… pero no tenía su permiso.
“Mañana iré a ver a Carmelo, necesito su magia o me volveré loco,—pensó—”
Se dio medida vuelta en la cama y se durmió. El sueño se llenó de placeres ocultos y su respiración se volvió profunda y acompasada. De vez en cuando, un gemido ahogado, seguía al silbido del látigo
Carmelo había pensado muchas veces como hubiera sido su vida sin ella. A pesar de los años transcurridos, una y otra vez volvía a pasear por los lugares que habían recorrido juntos, sin dejar de sentirla a su lado. Parecía tan real que a veces, inconscientemente, movía los dedos de su mano acariciando la suya. Sus poderes especiales, al menos en gran parte, a pesar de su ausencia, se los debía a ella. Nada era comparable. Nada era igual. Le había enseñado a mirar dentro de sí mismo, a buscar en su corazón y entregar esos sentimientos tanto tiempo escondidos, hundidos entre los pliegues del tiempo, entre la inconsciencia, en lo más profundo de sus sueños de juventud. Le debía tantas cosas que necesitaría varias reencarnaciones para poder compensarla. Las probabilidades de que millones de átomos volvieran a ordenarse de la misma forma eran remotas. Una entre miles de miles de millones y tanto tiempo como la vida del universo. Recordaba cada palabra que se habían dicho. Su muerte era tan extraña como la forma en que la conoció. Sus primeras palabras fueron para dejarle claro sus intenciones —estoy casada, por nada del mundo dejaré a mi familia, no quiero que te hagas ilusiones—. Le dejó perplejo su seguridad y sinceridad. Al fin y al cabo tampoco era algo que él pretendiera. —Podemos estar juntos ahora o en el futuro, sin necesidad de asesinato—, le había dicho en una ocasión. Un día, con esa voz dulce que parecía acariciarte, le confesó que la llevó un tiempo entender que significaba sin necesidad de asesinato. Como muchas veces, consiguió arrancarle una sonrisa.
Era capaz de ser la mujer más dulce y a la vez la más morbosa, salvaje y atrevida, dispuesta a compartir sus deseos y fantasías sexuales. No podía asumir su falta. Algo debió suceder para que una persona tan única fuera asesinada de aquella manera.
Sumido en sus recuerdos, Carmelo se dirigió hacia Chueca, donde le había citado Pablo aquella mañana.
—Te he llamado para saber si has descubierto algo nuevo. Si has encontrado algo extraño en las fotografías.
—Hay algunas cosas que me llaman la atención. Intentaré explicarlo. Al revelar las fotos del apartamento, el fondo estaba algo difuminado, confuso. Al principio pensé que era debido a la profundidad de campo, un error al elegir el diafragma, pero no. Comprobé mis notas y utilicé el correcto. Luego observé las fotos con la lupa y mi sorpresa fue en aumento. Parecía una doble exposición… los muros parecían transparentes. Pude ver la silueta del vecino de enfrente mirando por la ventana. En realidad parece un montaje de varias fotografías tomadas desde múltiples puntos de vista, una especie de collage. Estoy un poco desconcertado. Tendré que examinarlas con mayor detenimiento.
—¿Recuerdas que te dije que había encontrado algo en el apartamento?
—Si, ¿vas a decirme de qué se trata?.
—Es un libro o un cuaderno, o lo que sea, muy raro. Está repleto de ecuaciones y dibujos geométricos, que no he conseguido descifrar. He averiguado a través de Internet que son anotaciones de un genio hindú de las matemáticas. Al parecer existen unos cuadernos de anotaciones que se consideraban perdidos. Parece que el tal Ramanujan fue uno de los mejores matemáticos de la época. Pero no le encuentro relación alguna con el cadáver.
—Ya… y ¿por qué me has llamado?
—La verdad es que no estoy muy seguro. Anoche no podía dormir y decidí echarle un vistazo. Cuando se desató la tormenta estaba acabando de repasarlo. Me quedé mirando detenidamente un dibujo geométrico, una especie de mandala tridimensional… cuando un tremendo relámpago, o eso me pareció, iluminó toda la estancia.
—Con la tormenta de fondo, parecería el fin del mundo. Imagínate como se vive en pleno campo. Las tormentas impresionan Pablo. Nos hacen sentir pequeños, nos recuerdan el poder de la naturaleza. Nuestra falta de control, impotencia.
—Ya, pero esa luz, no fue normal Carmelo. Las paredes se volvieron transparentes y pude ver a mi mujer dormida en la otra habitación. Instintivamente alargué la mano y tuve la sensación de haberla tocado. Me asustó la situación.
—Ella no está, pero entiendo que no puedas olvidarla. Es una realidad incuestionable. No creo en fantasmas y supongo que tu tampoco. Los sueños a veces son tan reales que es difícil abstraerse de la realidad. Me estás diciendo… ¿que crees que lo que vio aquel vecino, lo que nos contó, no fue una alucinación?
—Creo que no Carmelo. Creo que decía la verdad. Su verdad. Hay algo fuera de lo normal que no consigo entender. En un primer instante pensé que era producto de mi imaginación. Sugestión inducida por la preocupación del caso… pero luego algo se hizo real...
—¿Qué? me tienes en ascuas.
—Ese olor...el polvo blanco. Mi mano estaba manchada igual que el pie del hombre, cadáver, o lo que demonios sea...
—¡Joder!
Abrió la puerta de la cápsula y se relajó. Lo había repetido miles de veces, pero aún así no podía evitar un cierto nerviosismo. Poco a poco su cuerpo fue desapareciendo, su respiración se fue apagando hasta que su corazón alcanzó un ritmo de tan sólo un latido por minuto. La tremenda energía generada, de miles de billones de electrovoltios, la llevó más allá de la distancia de Planck y su cuerpo desapareció en alguna de las dieciséis dimensiones. Ahora solo necesitaba encontrar la puerta de salida y no podía fallar. Alterar el colapso de onda no era sencillo y menos aún situarse para que la mirada de Pablo a través del objetivo de la cámara no cambiara su probabilidad. Si lo conseguía, Pablo podría ver lo que ella sabía y podría ayudarle. Si no se posicionaba correctamente, él no vería más allá de lo que ven otros seres humanos: su realidad. Era un hombre inteligente, ya se había dado cuenta de que algo en sus fotografías era diferente. Ahora sólo necesitaba entrelazarse con Pablo. Le enseñaría la verdadera naturaleza de aquel policía. El interior de su alma. Algo de lo que, ni el mismo Pablo, era consciente.
Si Marina, aquel día en el metro, se hubiera bajado una estación después, quizá se habría sorprendido al ver como aquella ejecutiva desaparecía y reaparecía ante sus ojos, aunque era poco probable que sus sentidos apreciaran el suceso. Su mente no estaba preparada para aceptar algo que sobrepasa los límites de la realidad.
Poco antes de llegar a la estación de Chueca las luces del vagón parpadearon iluminando el interior del túnel. En ese instante, la misteriosa ejecutiva desapareció como un relámpago. Con extraordinaria precisión controló la función de onda y se materializó en el apartamento. Desde su dimensión observó a los dos hombres. El de mayor edad se encontraba totalmente desnudo, apoyado sobre sus manos y rodillas de espaldas al que parecía tener una posición dominante. Sentado en el sillón, se descalzó, cogió un preservativo de látex y con alguna dificultad lo puso en su pie derecho. El hombre agachado inhalaba un producto de un pequeño frasco mientras el otro, después de extender una crema generosamente entre sus nalgas, comenzó a introducir su pie hasta desaparecer por completo. El hombre sentado en el sillón, cada cierto tiempo, golpeaba con brutalidad las nalgas del sumiso con el cinturón. Los gritos se confundían con los gemidos hasta que el individuo agachado se desplomó en una especie de éxtasis, con el pie aun dentro de su cuerpo. El hombre del sillón ni se movió. Esperó a que el otro quitara el preservativo de su pie y sin contemplaciones le indujo a que se marchara.
La misteriosa ejecutiva saltó de su dimensión y se acercó al hombre sentado en el sillón.
—No te esperaba, ¿algún problema?
—Has cometido un error. Has violado el mandato. El trato con las mujeres está prohibido, ya lo sabes. Lo que hiciste con aquella mujer está fuera de lugar, no era ni necesario ni procedente. Intentaste disimular el encuentro con una escena muy humana. Macabra diría yo.
—Fue culpa suya, hice lo imposible para evitarlo. Ella insistió, quería que le mostrase el placer que experimentan los hombres. No pude “saltar” y el tiempo se agotó. Quedé anclado y me descubrió. Tuve que eliminarla, pensé que la mejor manera era crear una escena tan salvaje que nadie sospecharía la verdad.
—Está bien. Ahora tenemos un problema. Su amante, anda fisgoneando por ahí. Aún no ha logrado encontrar la clave, pero ella, me consta que le está intentando ayudar. Si descubren lo que intentamos, el verdadero fin de nuestra misión aquí, será una catástrofe. ¿Dónde está tu cronovisor?
—Está sobre la mesa.
La misteriosa ejecutiva tomó el cronógrafo Hublot y giró las manecillas, después lo abrió y extrajo la maquinaria. El hombre del sillón quedó inmóvil, en un estado inconcreto, muerto y vivo. Cuando dejó el cronógrafo Hublot de nuevo sobre la mesa, un relámpago iluminó la estancia y las paredes se volvieron transparentes, inmateriales. Al otro lado del patio una persona miraba por la ventana a la vez que alargaba su mano.
De nuevo en el vagón, miró impasible a Marina y sintió como sus pechos le rozaban de forma intencionada. “No tiene ni idea de mis intenciones” —pensó—. El tiempo volvía a transcurrir con normalidad. Era como cortar un trozo de texto y pegarlo delante o detrás, donde convenga.
“Tengo que ocuparme de esos dos, aunque lo más difícil será encontrar a esa”
Carmelo examinó una y otra vez la figura que Pablo había encontrado en los cuadernos de Ramanujan. A simple vista parecía un mandala. En la fotografía estaba un poco borrosa, como si formara una doble imagen. Mientras la observaba se le ocurrió algo descabellado. Cogió su vieja Leica y miró la imagen a través del objetivo, intentando enfocarla. Su sorpresa fue mayúscula: a medida que giraba los anillos de enfoque del objetivo la imagen que se formaba era tridimensional, y cuanto más la acercaba más profunda e intrincada se volvía. Extasiado, puso el motor de la cámara en marcha y comenzó a realizar fotografías de todas las estructuras, con diferentes objetivos.
“parece una especie de máquina formada por miles y miles de conexiones que van aumentando a medida que se amplía. No le diré nada a Pablo de momento. Tengo que repasar antes todos mis antiguos libros….”
Ella esbozó una sonrisa. Haría todo lo que estuviera a su alcance para mostrarle a Carmelo el camino. Fuera lo que fuera. Le consideraba inteligente, lo suficiente para que su imaginación le hiciera comprender que la realidad es tan solo lo que miramos. Tendría que enseñarle que existe otra verdad cuando no se mira. Es como su amor por él, existe, pero nadie puede verlo…por que no miran. Afortunadamente para ella, perdida en algún lugar del espacio-tiempo, en una dimensión superior donde todo es visible, y, aún a pesar de no poder interactuar con la dimensión de Carmelo, debería ser tan sencillo como hacer un montaje en un vídeo. Es cuestión de plegar el tiempo y el espacio, el pasado y el futuro, haciendo que para Carmelo todo sea presente. Lo más difícil viene después, convencerlo de las intenciones de los visitantes. Es tan increíble su objetivo que el mundo a la que ella perteneció una vez, se mostrará perplejo. Será muy difícil de aceptar, una teoría tan absurda o tan evidente, o…tan perversa, que no podrán comprender como es posible que no se hayan dado cuenta… antes.
Fue una de esas casualidades que suceden después de miles y miles de millones de veces en las que los universos se dividen. Podía haber elegido cualquier opción, pero la huella de su dedo índice pulsó la tecla izquierda del mouse sobre el nick del chat; sobre ese en concreto. Como quien mira la estrella más brillante en una noche de verano poblada de miles de pequeñas luces…
Carmelo había conocido muchas mujeres a lo largo de su vida. Muchas y de diversas partes del mundo. Bellas y no tanto; divertidas, inteligentes, excitantes o frías como el agua de un río truchero. Marina era diferente, muy diferente. Carmelo pensaba haber estado enamorado, no muchas, pero si un par de veces. Así lo creía hasta entonces. Aquella tarde, cuando la tinta electrónica dibujó las primeras letras en la pantalla, el primer “hola”…escuchó su voz. Marina le sonreía. Fue como si la estrella más brillante de la noche emitiera un parpadeo sólo visible para él. Casi podía sentir su calor y oler su perfume en cada palabra de la frenética conversación, que, como dos amantes separados por el tiempo y la distancia, inundan la habitación de gemidos, caricias y deseo.
Cuando comenzó a sospechar que aquella enigmática mujer con cuerpo de tinta electrónica, era la esposa de Pablo, le embargó un extraño pensamiento. Durante su idilio en la red nunca vio su cara. Ella le había enseñado algunas fotos que mostraban tan sólo algunos de sus encantos. En una de ellas podía verse claramente un pequeño tatuaje; la huella de un felino, idéntica a la que lucía el comisario en uno de sus antebrazos. No estaba seguro, podría ser una coincidencia, habían pasado muchos años desde que retrató a Pablo con su compañera policía y, en aquel entonces, estaba seguro de que no tenía el tatuaje. El nombre coincidía, pero eso tampoco era determinante, la gente usa nombres supuestos en los chat. Carmelo tenía ahora dos problemas: estaba totalmente fascinado por aquella misteriosa mujer del chat, enganchado a ella como un pez colgado del anzuelo. Luchaba contra el sedal que le arrastraba cada vez más cerca del corazón de Marina y contra el instinto que le decía que, si sus sospechas eran ciertas, no era una buena idea rendirse a sus sentimientos. Volvió a revisar las fotografías: Pablo no tenía la huella felina en su antebrazo en aquella época y el tatuaje del “trocito” de Marina era idéntico, no tenía ninguna duda.
Se resistía a reconocerlo pero…en el fondo, le excitaba que pudiera ser como pensaba. Pablo le había hablado pocas veces de su mujer, únicamente para indicarle que le esperaba en casa o aquel día…si, el día del extraño fenómeno que le preocupó tanto. Cuando le sucedió algo parecido a lo que narraba el vecino del piso de Válgame Dios, el día que encontraron el cadáver de aquel extraño individuo.
Carmelo pasó toda la noche revisando los miles de fotos que tenía en sus archivos: instantáneas de parejas, del lugar del crimen de Chueca, de su amor en la red, de compañeros de trabajo... Su mente giró y giró intentando que todo encajara hasta que cayó rendido por Morfeo. Los sueños ordenaban las fotos, los tatuajes, las marcas, los rostros, los peinados... la realidad de éste y otros mundos. Una película dónde el principio y el final podría ser cualquiera.
En alguna parte inexistente, alguien luchaba desesperadamente por encontrar la manera de abrir una puerta en su irracionalidad.

