Si no fueras tú
A veces la soledad es cuestión de imaginación y el placer un lugar donde soñar.
Aquel día, aquella tarde, estaba más sola que nunca. La rutina era un martirio y los minutos parecían horas. De pronto, giró la cabeza y la vio. Era una silla vacía, con pelo rizado, ojos de cristal, esa sonrisa como de "te voy a comer" y sus piernas como columnas dóricas. Fijó sus ojos, sin poderlo evitar en el nuevo escote, protuberante como dos montañas cubiertas por la blanca nieve de su piel. Hizo un esfuerzo por imaginar cómo sería recorrer esas cumbres hasta alcanzar los picos rosados de sus pezones, mientras crecían entre sus labios. Imaginó sus manos sosteniendo el peso de sus turgentes senos y esa voz entre dulce y zorra diciendo: "cómetelo todo". La silla, como si de un ser animado se tratara, inclinó el respaldo y en un giro de perfectos 90 grados le ofreció el perfil singular de sus muslos abiertos. Le dibujó medias de seda y sus dedos, decididos y seguros buscaron el placer electrizante entre la seda, su piel y su sexo enmarcado por el tanga. No quería perderse ningún detalle, se arrodilló entre sus piernas, subió un poco su falda e intento adivinar como sería aquello que tanto deseaba.
Sus dedos recorrieron el borde de la tela, entre los pliegues de sus muslos, con la mirada de aquellos ojos, con las manos acariciando sus nuevas tetas y los suspiros de "joder como me estás poniendo". Pasó su dedo entre aquellos labios hinchados hasta alcanzar ese pequeño montículo de placer, pero sin desnudarla. La silla parecía chirriar como un viejo mueble... Esperando que aquella lengua suave, caliente y experta explorará cada rincón del precioso coño que adivinaba.
"Dios... fóllame... No seas cabrona"
Sintió el frio del metal mientras las tijeras cortaban su tanga mostrando la hinchazón del deseo, mientras los dedos recorrían su interior y su boca succionaba el clítoris como si fuera un pequeño pene. Sintió un temblor inconfundible en sus muslos, mientras agarraba su cabeza y se restregaba como una perra contra su cara. El tremendo orgasmo fue como meter la lengua en un bote de miel, suave, húmeda, pegajosa y temblorosa como un flan.
Cuando se levantó, entorno un poco los ojos, se apoyo en la pequeña encimera y un escalofrío recorrió su espalda al sentir aquella lengua recorrer el borde de sus labios. Todo parecía a punto de explotar...cuando aquella mano que tantas veces vio acariciar el ratón, empezó a acariciar su piel. Abrió los ojos y vio como la miraba, diciendo: "me has puesto muy zorra".
No pudo más, la puso contra la mesa, con aquellas tremendas tetas encima de ella y le dijo "te voy a follar como nunca" , "si joder, ya era hora". Sintió su humedad en su muslo, entre gritos y gemidos y algún otro azote, mientras la silla se estrellaba contra la columna. Lo último que hizo, después de inundar de placer ambos cuerpos, fue comerle la boca, apretando aquel culo con los pezones clavados en su pecho.
Cuando se despertó de la cabezada, que tan solo debieron ser unos segundos, la imaginó leyendo esto con los dedos o dios sabe que, pasando página o con un calor que nunca hubiera pensado. Y la que suscribe con la boca hecha agua.
Solo alcanzó a musitar una frase, "si no fueras tú...