Sueño de otro año
Fue algo normal. No parecía nada diferente a otros finales. Las hojas del calendario fueron arrojadas a la papelera una a una hasta que solo quedó la última. Luego, aquel bolígrafo azul, con su corazón transparente, fue tachando los días. La cena de Navidad estaba flotando en el aire y el debate sobre dónde, cuándo y cómo, era un tema recurrente entre los compañeros. Ella ya tenía un lugar especial para pasar esa tarde. Madrid es una ciudad que ama el invierno. Tiene un halo especial, un frío seco como la yesca y una luz de niebla dulce. El atardecer tiene prisa cuando se acerca el solsticio de invierno. La farolas y las ventanas se iluminan, mezcladas con la tímida calidez del Sol, vencido en retirada ante el poder hipnótico de la luna. Las calles se abrigan, los cafés lloran el calor de manos escondidas y sus calles desembocan sonrisas.
Esa tarde, que ahora añora, era su regalo. Uno de esos regalos que nunca se olvidan. Desempolvó el traje de chaqueta que durante tantos años fue su segunda piel, los guantes de cuero y su abrigo neoyorquino. Además tuvo suerte y salió de su trabajo antes de lo previsto, ante la mirada sorprendida de sus compañeros, por su poco habitual modo de vestir.
Terminada la jornada, salió a la calle e inspiró con fuerza el aire gélido, como un refresco para sus pulmones y la garganta seca y cansada. Pensó por un momento conducir su coche, pero desestimó la idea. Mejor el metro. De pie, agarrada a la barra del vagón, podía sentir la vibración y los gemidos del gusano mecánico. Observó a la gente. Algunos grupos de jóvenes, vestidos de fiesta, sonrientes, charlaban animados, sin preocupación alguna. Otras gentes leían, muchos escuchaban música o Dios sabe qué, con los ojos entornados. Sobre la pared, leyó en su mente un fragmento de un poema de Lorca, Bodas de Sangre:
"Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro
donde yo siempre te quiera
que no me importa la gente
ni el veneno que nos echa."
Sintió calor, de verano, de nervios controlados, de verdad y de deseo. Ese calor de julio que te hace derretir los ojos y te hierve el corazón. Que jubila el tiempo y adorna de sudor las sábanas. Acarició la barra en un gesto instintivo...y sintió su piel. La paciencia, esa virtud tan poco apreciada, siempre había sido su aliada. Tan solo quedaban un par de horas.
Cuando se sentó a su lado y pudo mirarla. Cuando pudo tocar su piel, sentir sus dedos entre sus manos, oler su perfume... Cuando ella clavó sus ojos en los suyos, estuvo segura que, ni en sus mejores momentos, Madrid había sido una ciudad tan maravillosa.
La luz de la sala, con ese color fucsia y la voz única y especial del crooner, se fundieron. Entornó los ojos y se sintió flotar. Volvió a inspirar profundo, como queriendo tragarse todo ese lugar. El aire era ella, la música era ella, la luz era ella. Allí entre sus brazos, como dos adolescentes, como dos amantes indecisas o precisas, como dos gotas invisibles en el borde de una copa de amor...era Diciembre, un sueño de otro año.
Madrid, confluencia entre Gran Vía y Alcalá
