MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

Capítulo IV

 

La relación de Carmelo y Pablo se remontaba a mucho tiempo atrás, antes de que fuera policía local. Pablo y Virginia fueron la primera pareja que fotografió con la excusa del estudio antropológico. Carmelo siempre tuvo la certeza de que la situación en que encontró a su mujer parecía producto de un ritual o de alguna práctica sexual extrema. Necesitaba conocer algo más sobre esas prácticas. Sumergirse en ese mundo oscuro y cerrado y no le fue difícil conseguirlo a través de Internet, en una de las miles de páginas existentes.
Aquella noche había conseguido una invitación para presenciar algo muy especial; una sesión en el sórdido mundo, lleno de tabúes y prejuicios, de las prácticas sexuales denominadas BDSM. Son muchas las parejas que lo practican, pero muy pocas las que lo confiesan. Podría decirse que, incluso los no practicantes, lo tienen como una de sus fantasías más recurrentes. Carmelo deseaba presenciar con sus propios ojos el fascinante mundo de las mazmorras, la sumisión, spanking, disciplina, y todo lo que conlleva lo que se conoce co mo BDSM. Le intrigaba sobremanera la relación entre esas parejas que, voluntariamente, acceden a la práctica de las mal llamadas desviaciones sexuales. En un lugar sólo conocido por los iniciados, en las cercanías de Madrid, asistirá a la presentación y entrega en público de un sumiso. Su Ama le pondría a prueba públicamente. Carmelo no podía evitar un cierto nerviosismo. El lugar impresionaba. En el centro de la amplia habitación había una especie de potro de gimnasia, algo más bajo, cubierto de cuero negro sobre una tarima. Más allá, en la pared del fondo, pudo observar dos maderos en forma de aspa, con unas argollas que supuso que eran para atar manos y pies. Y, sobre un estante, varas, fustas y látigos de diversas medidas y materiales, además de otros instrumentos que nunca había visto, ni podía imaginar cual era su utilidad. Acomodado en la penumbra, a su lado se encontraban hombres y mujeres de edades diversas que aguardaban expectantes a qué comenzara la sesión. Se respiraba un ambiente de secretismo, un aroma a sexo animal. La iluminación era escasa y centrada en rincones puntuales de la habitación. Muchos de los asistentes llevaban el rostro cubierto, sin duda con el fin de preservar su identidad, aunque a él le pareció que una gran mayoría se conocía. No era un sitió donde cualquiera accediera en busca de diversión. Había leído acerca del extraordinario respeto con el que se siguen esas prácticas y las normas que rigen entre los participantes. A pesar de todo, tenía la sensación de encontrarse en un lugar de otro mundo. Intentó prestar atención a la música de fondo. Era una pieza de música clásica, no consiguió identificarla, pero sus acordes le resultaban familiares. Era un concierto para violonchelo. El látex, el cuero, las máscaras…esa iluminación y la melodía, conseguían su objetivo: romper con la visión rutinaria de la realidad. No había duda, resultaba hipnótico.
Al poco tiempo, atravesando la sala, una mujer avanzó con paso seguro vestida totalmente de látex rojo. Un corsé realzaba sus pechos y las botas altas enmarcaban sus piernas torneadas hasta la mitad de sus muslos. Llevaba máscara y una especie de plumero en una de sus manos. En la otra sujetaba una cadena metálica al final de la cual, como si de un animal se tratara, se arrastraba a cuatro patas un hombre. Vestía un correaje de cuero negro sobre el torso desnudo y un pantalón corto del mismo material que dejaba sus nalgas al descubierto. La mujer se dirigió al que parecía el maestro de ceremonias y le entregó un documento. El hombre lo examinó y le hizo un gesto afirmativo al devolvérselo. Inmediatamente ordenó al sumiso levantarse y sujetó sus manos y pies a las argollas del aspa, de cara a la pared. Le puso una capucha de tela que impedía su visión y se dirigió a los espectadores.
--¿Algún voluntario dispuesto a infligir un duro castigo a mi esclavo?. Cuatro por favor. Serán series de cinco golpes cada uno,  a  no ser que el os elimine antes. Si averigua quién es el castigador, este dejará el juego. Decidle vuestros nombres.
Carmelo contempló aterrado como el primero de ellos, que dijo llamarse Khan, cogió una de las varas de la mesa y la probó en el aire. El silbido al sobrepasar la velocidad del sonido le heló la sangre. El hombre se colocó a un lado del sumiso y descargó un golpe preciso sobre sus nalgas. Se escuchó un gemido ahogado.
—¿Nombre?
— Pedro –dijo el esclavo con un hilo de voz-
— No, Khan -contestó su Ama-
Uno tras otro los cuatro hombres fueron dejando sus marcas hasta que el hombre averiguó los nombres de sus castigadores. Las marcas en sus nalgas tenían un tono rojizo que iba cambiando a un morado a medida que pasaba el tiempo. Después, la mujer le acarició y le dejó libre las manos. El hombre se inclinó y la besó los pies, entre el aplauso del público.
A Carmelo, aquella experiencia le dejó confuso y hasta cierto punto preocupado. En otros lugares de la sala parejas de distintas edades, físicos y apariencias se entregaban a diversas prácticas relacionadas con la dominación, la iniciación y el placer en todas las formas imaginables. Dos mujeres jóvenes, se besaban apasionadas totalmente desnudas, en un beso profundo e interminable, mientras sus manos recorrían cada milímetro de su piel. Le resultó excitante. No debería, pero fue así. Entonces imaginó el sufrimiento que ese hombre, igual que su mujer, había experimentado e intentó entender su comportamiento. A pesar del castigo el hombre parecía encontrar placer en ello —Qué extraño es nuestro cerebro y cómo engañan las apariencias —pensó—. Cuando el sumiso regresó gateando, siguiendo a su ama, miró de soslayo a Carmelo que intentó evitar su mirada. Sin duda le había reconocido.
El verdadero motivo por el que decidió fotografiar a Virginia y Pablo en su etapa de pareja profesional, era comprobar si ese secreto que Pablo ocultaba quedaba a la vista en el momento del revelado, aunque él ya había visto indicios de su particular forma de placer. Quizá la transmutación había comenzado. Lo vio en sus ojos, en su lenguaje corporal, desde que le dijo que sólo accedería a fotografiarse con determinadas condiciones. Observó su mirada huidiza, su caminar alrededor de Virginia indeciso, su forma de preguntar la postura a adoptar… ¿Como podía ser tan distinto?. Le había observado en situaciones muy diferentes, como aquel día en que coincidieron en el Pigmalión, uno de los locales de alterne más conocido de Madrid: Había salido solo, a tomar una copa. Echaba de menos la compañía femenina y allí estaban las chicas más guapas de la ciudad; la mayoría aspirantes a modelo a la caza de algún caballo blanco…y que finalmente terminaban ejerciendo la prostitución de lujo, a pesar de que hubieran tenido alguna oportunidad en el mundo del espectáculo o la televisión. Pablo estaba al fondo de la barra, charlando con una exótica mujer, que por su acento parecía brasileña, bastante más joven que él. En cuanto se dio cuenta de su presencia se acercó y le invitó a una copa, más por compromiso que otra cosa. Charlaron sobre el ambiente de la ciudad y se rieron un rato en compañía de las bellas chicas. Una de ellas parecía muy interesada en Pablo y no hacía más que rogarle que la llevará a casa, quizá con intención de obtener algo más...parecía ser un simple interés económico. Carmelo la observaba como si lo hiciera a través del objetivo de su cámara. Le pareció algo nerviosa y un tanto impaciente por salir de allí lo antes posible. Al otro lado de la barra, cerca de la entrada, unos hombres jóvenes no dejaban de observarles. Al final, ante su insistencia, Pablo accedió.
—Ya nos veremos Carmelo. Yo voy a llevar a esta preciosidad a casa. Voy a pedir que me traigan el coche —le dijo, al mismo tiempo que llamaba al guarda coches—.
—Señor —dijo balbuceando el portero—no encuentro las llaves, ¿seguro que me las dejó al llegar?
—¿…qué? estás diciendo que no tienes las llaves de mi coche?, claro que te las di para que lo aparcaras. Sabes quién soy yo, no eres nuevo aquí y yo tampoco...
No terminó la frase cuando con un frenazo seco, el coche del comisario, un pequeño Matra Simca de tres plazas, se detuvo delante de ellos. Estaba conducido por tres jóvenes con aspecto de matones de discoteca. Pablo se puso hecho una furia. Aunque su lenguaje corporal era relajado, sus palabras eran imperativas. Quizá eran las palabras que acostumbraba a usar en el trato con los delincuentes de los barrios más conflictivos de la ciudad. Sin duda eran intimidantes y seguramente necesarias. Carmelo se limitó a observar con una mueca de preocupación en su cara.
—¿Se puede saber que hacéis con mi coche gilipollas?
—Esa que va contigo es mi novia carca, y ya que quieres irte con ella, tendrás que pagar algo por ello, ¿que pensabas?
—No le he rozado ni la piel ¿que demonios queréis?. Solo me ha pedido que la lleve a casa.
—¿Quieres tu coche?... Pues deja a mi chica y lárgate vejestorio...
La "escort" intentaba interceder sin éxito y el joven la empujó sin miramientos al mismo tiempo que de una patada, cerraba la puerta del pequeño deportivo. Pablo sabe que no puede ceder ante una situación que se complica por momentos. Son tres hombres jóvenes y ellos sólo dos. No quiere usar su condición de policía y menos implicar a su amigo en el altercado. Tiene que intentar evitar la pelea o de lo contrario saldrán mal parados, pero su carácter le pierde.
—Está bien, tu ganas, dame el coche y quédate con ella. Ya sé por qué quiere ir conmigo, su novio no tiene huevos para enfrentarse a un carca el solo.
—¡Serás hijo de puta!. ¡Te voy a matar abuelo!
Carmelo no olvidaría como, ciego de furia, el chulo arremetió contra Pablo, que le evitó con un simple paso lateral, que no hizo mas que sacar de quicio al "novio". Casi no le ha dado tiempo a pensar, cuando escucha pisadas a su espalda. Es como si se tratara de un búfalo cafre embistiendo a un árbol. No puede fallar. Fruto del entrenamiento, de forma automática la pierna de Pablo, impactó con fuerza a la altura de su rodilla. El crujido de la rótula es perceptible y puede ver la cara de dolor del chulo, retorciéndose en el suelo. Cuando por el rabillo del ojo ve a otro de los hombres a punto de alcanzarlo, se gira y el canto del empalme del pulgar se estrella contra su garganta. Queda inmóvil, sin respiración.
—¡Tú! pide una ambulancia o llévales al hospital. —le grita al portero—
Carmelo se sube al coche junto a Pablo , con la chica en uno de los tres asientos delanteros y desaparecen por la estrecha calle hasta girar por la de Serrano entre el tráfico de la noche madrileña.
Terminada la sesión de BDSM, Carmelo salió discretamente amparado en el anonimato que le brindaba su máscara. No acababa de comprender como a una persona así, podía gustarle ese tipo de prácticas. Necesitaba saber cómo se puede ser, al mismo tiempo, sumiso y dominante. Quizá este secreto tan bien guardado por Pablo, era la razón por la cual se mostró tan reacio a investigar en profundidad la muerte de su mujer.
Aunque habían pasado varios años desde que encontró a su mujer sobre la cama y las pistas y el resultado de la investigación por parte de la policía no había dado ningún resultado, siempre tuvo esperanza en la tenacidad de su amigo, el comisario Pablo, pero después de haberle visto en esa situación comenzaba a tener serias dudas. Carmelo estaba totalmente abatido. Sumido en una profunda depresión, se limitaba a dejar que el tiempo marque su cara como si se tratara de un papel arrugado. No podía pensar, imaginar, ni comprender como podía haber sucedido semejante atrocidad. Se movía con la mirada perdida de un lugar a otro del salón como un autómata. En un momento de su deambular se detuvo frente a la librería y fijó su mirada en los múltiples volúmenes que poseía sobre alquimia, esoterismo, astronomía, astrología y ciencia. Todos ocupaban un lugar destacado. Eran parte de su afición. Por alguna razón, su subconsciente le trasladó a los años en que, mucho más joven, comenzó a interesarse por esos temas. Pensó que quizás entre todos aquellos libros habría algo que le haría entender los misterios de nuestra existencia y el por qué de lo sucedido. Probablemente no le serviría como consuelo, pero aliviaría el dolor que se había instalado en su alma. Las circunstancias y la forma en que fue ejecutada su esposa no eran tampoco nada habituales y necesitaba encontrar alguna explicación más allá de lo que mostraban las apariencias. Su colaboración con el comisario Pablo, no había hecho más que revivir aquellos recuerdos. El supuesto crimen de Válgame Dios le devolvía al pasado. Y como entonces, en esta ocasión Pablo también estaba en el escenario. No dejaban de ser dos crímenes muy extraños.
Sin pensarlo, sus dedos se dirigieron a un ejemplar de  Las Moradas Filosofales, un libro que había leído muchas veces. El autor, Fulcanelli, fue un personaje anónimo sobre el que se han escrito cientos de teorías sobre su identidad. Ni tan siquiera existe la certeza de que se tratara de un solo personaje y se especula con que podría ser un colectivo de alquimistas. La dificultad de entender a Fulcanelli es que escribe con qualia y ello hace muy difícil, si no eres un adepto avanzado, inmerso en la realidad de la alquimia, interpretar sus exposiciones.
<Lástima que no acabara su tercera obra, Finis Gloriea Mundi, sin duda hubiera sido el colofón de su trilogía>
Se sentó junto a la ventana y se dispuso a comenzar la lectura. Estaba aún en el prólogo y sintió cómo su cuerpo rejuvenece repentinamente. Tenía veinte años menos. Había nacido en un pueblo pequeño, Guadalcanal, que presta su nombre a una isla del archipiélago de las Salomón en el Pacífico, por haber sido ésta descubierta por Álvaro de Mendaña en 1568, quien la bautizó así en honor a su pueblo extremeño. Guadalcanal pertenece a Andalucía, a la provincia de Sevilla, pero hasta 1833 fue parte de Extremadura. Allí pasó su infancia y se empapó de las historias que se contaban sobre las aventuras de los notables del pueblo. No dejaba de soñar con viajar a esos lugares allende los mares o en descubrir uno de esos filones de plata que tanto revuelo levantaron en su época. Apenas tuvo conciencia comenzó a leer todo lo que cayó en sus manos sobre la historia de sus orígenes. Lo primero que descubrió es que durante los siglos XV y XVI llegaron al pueblo procedentes de toda Europa, una legión de alquimistas y metalúrgicos atraídos por la explotación de las minas de plata Pozo Rico. Él, a esa edad, poco sabía de alquimia y menos de la filosofía que esta encierra. Con el tiempo y la lectura supo que no sólo buscaban transmutar los metales, si no, como fin último, alcanzar la iluminación; el conocimiento absoluto del universo y la materia. Entre los estudiosos, Fulcanelli, ocupaba un lugar destacado. Incluso podría haber estado allí a principios del siglo XX. Si como había leído estuvo en Sevilla, casi con seguridad que habría viajado a Guadalcanal. El misterioso personaje era citado por Jacques Bergier en El Retorno de los Brujos, como uno de los dos alquimistas que visitaron a físicos nucleares de renombre en el periodo comprendido entre las dos grandes guerras mundiales. Se cree que tenían conocimientos muy avanzados sobre el funcionamiento de los reactores nucleares y no dudaron en advertirles del peligro que el manejo de partículas subatómicas conlleva. Pero sus advertencias no fueron tenidas en cuenta, hasta que el premio nobel E. Fermi, muchos años después, consiguió la primera reacción en cadena.
En plena lectura, al pasar una de las páginas, encontró un recorte de prensa que le llamó poderosamente la atención:
“Inventata la macchina che fotografa il passato”.
El artículo del semanal Domenica del Corriere, hacía referencia a un personaje llamado Alfredo Pellegrino Ernetti, que junto a un equipo de doce físicos había inventado una máquina capaz de fotografiar el pasado. El principio de su funcionamiento tenía lógica. Todo lo que existe en el universo es energía en una forma u otra, persiste para siempre. Imágenes, sonidos, absolutamente todo, debía impregnar el espacio, dejar su huella,  desde el Big Bang, como sucede con la radiación del fondo de microondas.
<¿acaso no están los físicos enfrascados en descubrir el origen del universo estudiando el eco de la radiación original? —pensó para si mismo Carmelo— Sería un invento que haría temblar los cimientos de nuestro conocimiento, de la historia y lo que a priori damos por cierto.>
Carmelo, como si de una iluminación se tratara, dedicó toda la tarde y los siguientes días a repasar una y otra vez sus libros de física y estudiando las últimas noticias sobre los más recientes descubrimientos que la nueva teoría sobre la composición del universo, la física cuántica, ponía en entredicho.  Descubrió que aquel aparato al que hacía referencia el artículo, no llegó a ser tomado en serio y la noticia se diluyó en el tiempo sin que nadie hubiera vuelto a interesarse por ello. Desde 1972, fecha del artículo, nada más se supo. Por su cabeza se sucedieron todo tipo de ocurrencias donde aplicar ese invento, pero, sobre todas ellas, una:
<si fuera capaz de conseguir fotografiar el tiempo, lograría encontrar a quien o quienes mataron a mi mujer y quizá resolver el misterio del hombre "al revés". La ciencia ha avanzado mucho. La visión de los científicos era muy diferente y todo lo que hace 40 años fue ciencia ficción ahora es una realidad. Nada es imposible —se dijo Carmelo—>
¿Pero cómo podría él, un simple fotógrafo, llegar a conseguir algo que los científicos más brillantes aún luchaban por entender?. Entonces su mente lógica le envió una señal, un pensamiento racional con una idea irracional: <si Fulcanelli y aquel otro alquimista, sabían algo que Fermi desconocía, aún siendo un físico de renombre… ¿de donde procedía aquel conocimiento?.
Empezaría por regresar a Guadalcanal. Si Fulcanelli estuvo allí o en Sevilla, seguiría la pista aunque tuviera que recorrer todas las galerías de las minas de Pozo Rico. En algún lugar debía encontrarse ese conocimiento perdido.
<Ernetti ha tenido acceso a algún documento o conocimiento que tiene una base científica indiscutible. No sé la razón del olvido de tan significativo hallazgo. Puede que sea tan solo una patraña más de otro parapsicólogo con afán de notoriedad, pero estoy convencido de que el "Cronovisor" es posible>
Carmelo se despertó sobresaltado, aún con el libro sobre su pecho, perdido entre la realidad y su ensoñación, obsesionado con el "Cronovisor". Dispuesto a buscar “esos poderes especiales” a los que el comisario Roig siempre le decía que veía en él y que poco tiempo después se convertirían en una obsesiva realidad.