MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

Capítulo VI

Habían pasado miles de años, casi ni recordaba como empezó todo. Su mundo estaba a punto de desaparecer para siempre. Habían explorado millones de universos sin conseguir encontrar alguno que fuera  compatible con su forma de vida. Ahora, por fin, tenían la esperanza de que cuando llegara el momento, este lo fuera. Todo parecía indicar que los elementos básicos permitían alguna posibilidad de que existiera algún tipo de vida inteligente. Era un universo espejo, y lo único que debían hacer es no cometer errores y mantener la línea de tiempo inalterable. Lo demás era relativamente sencillo. El planeta era pequeño y accesible y su tecnología aún rudimentaria. No les detectarían. Y si algo vieran, su primitivo cerebro no estaba capacitado para encontrar una explicación racional.  Llevaban miles de años con el experimento y no veían más allá de considerarles dioses, fantasmas, ovnis y cosas semejantes. Imaginación, miedo, supersticiones, fantasías y deseos para calmar sus ansias de conocimiento. No tenían ni la menor idea de sus intenciones. Lo que ellos llamaban superpoblación era tan solo equivalente a una familia de su infinito mundo. La reina estaba a punto de dejar su lugar a su sucesora. No había tiempo que perder. Después de siglos infiltrados, les quedaba poco tiempo para encontrarla. Sólo una podría serlo y ya sabían quien era. Estaba allí y de una forma u otra les estaba esperando. Aunque habían tomado ciertas precauciones.

          Madrid ya no era para ella una ciudad desconocida. Su trabajo estaba bajo control, había logrado una gran estabilidad económica y se sentía libre. Marina caminaba cadenciosamente por la acera arrastrando el troly que le acompañaba siempre. Le gustaba observar como la miraban. No necesitaba cambiar de lado, ni acelerar o disminuir la frecuencia de sus pasos. Parecía un ser que ocupaba el espacio a su alrededor. Una imagen le vino a su cabeza, el foto-libro de aquel fotógrafo. Sus fotos tenían algo y quería conocer más a su autor ¿Por qué no? Se presentaba a las 20:00, tenía tres horas por delante.
Abrió la puerta y siguió la rutina de siempre camino de la reconfortante ducha. Se desnudó y no pudo evitar mirarse al espejo. Sus manos recorrieron su cuerpo desde sus pechos hasta las caderas            —estoy estupenda— y comenzó a vestirse. Se recreó en cada movimiento...en sus bonitas piernas vestidas de seda negra...le encantaba sentir la diferencia de tacto al final de sus ligas. Una falda por encima de las rodillas, estampada en blanco y negro y una camisa masculina blanca, terminaron de acariciar su piel. Se volvió hacia el espejo e hizo un “pataqui” . Asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa, sin dejar de mirar su trasera. Se puso unas horquillas para recoger algo su pelo y dejar más al descubierto su precioso cuello. Se subió a sus tacones, se colgó el pequeño bolso y cerró tras de si la puerta. Como siempre, se recreó en el sonido de sus pisadas según descendía. Una vez en la calle subió al Uber que esperaba, como si fuera una reina...aunque nadie la miraba.
En pocos minutos se bajaba a la puerta de la Fundación Canal. Ya había gente departiendo en los jardines. Más de uno volvió la cabeza al verla caminar decidida y sonriente. Al fondo de la pequeña pradera, charlando con una pareja, estaba Carmelo. Marina se quedó junto a la mesa de servicio esperando su Martini, allí era visible casi desde cualquier ángulo. Esperando su momento como una leoparda al acecho. Nada más ver a Carmelo dejar a la pareja, se puso en movimiento y se cruzó con él.
—Disculpa Carmelo, no nos conocemos, tienes un momento...
—Eh? ...dime, debe ser importante para asaltarme así —Carmelo esbozo una sonrisa—
—Me llamo Marina y he tenido el placer de ser la correctora de tu impresionante foto-libro. Trabajo en tu editorial. Y me gustó tanto que no he podido resistir la tentación de conocer a su autor.
—Vaya, me dejas sin palabras Marina. Encantado de conocerte.
—Lo mismo digo Carmelo.
—...¿Y que te ha llamado tanto la atención?
—Verás, a nivel profesional, técnicamente, son perfectas. Pero no es eso. Cuando las miró, y ahora mucho más al verlas colgadas de la pared, es como si escondieran algo. Como si la imagen que veo, no fuera exactamente la realidad. Es como si fueran un filtro a miradas inexpertas. Es muy extraño, pero fascinante. Como si estuvieras dentro del encuadre mirando lo que no se ve.
—Te voy a confesar un secreto...hay noches en las que sueño con ellas. Como si fuera parte de ese mundo. Pero no me hagas mucho caso, son cosas que nos inventamos los artistas solo para darnos importancia y crear una mirada cómplice en el espectador —lo dijo casi con una carcajada— Aunque pudiera ser que no y efectivamente, tenga esos poderes especiales que al parecer tanto te gustan. Bobadas de artista.
—Me gustan esas bobadas, al fin y al cabo leo cientos de pruebas de artistas que nadie conoce. Algunos muy buenos, pero no impresionantes. Sospecho que tu no eres igual. Pareces un hombre con una sensibilidad fuera de lo común y te lo dice alguien que no tiene especial cariño a  los de tu sexo —Marina pone carita de pena—. Me gustaría que con tiempo, me explicaras todas esas cosas que hacen que tus fotos sean tan especiales...y así conocerte mejor.
— ¿Eso qué es? Una cita... —dijo Carmelo divertido—
—Más o menos...jajaja, es una oportunidad — acercándose un poco más a su cara—. Las casualidades no existen según dice una amiga, así que si, entonces es una cita. ¿El viernes? ¿A cenar? Tienes pinta de ser un milindres con la comida, así que tu eliges.
—Ahora entiendo esas cosas que dicen de las mujeres dominantes. No dan opción. Un japonés. Te diré cual el día de antes. Quiero que veas algo. Es solo un momento. Es una fotografía de algo que aún no se que es. Es una tontería pero igual tu “por casualidad” ves algo que yo no veo.
Aquel día Marina no se arrepintió y salió contenta de aquel encuentro. Ella tenía razón, aquel fotógrafo no era cualquier persona. Algo había en él que le hacía ser diferente. No perdía nada por sacrificar un viernes de su “agenda de diversión”. Se intercambiaron los teléfonos y compartieron na copa en el jardín. Carmelo, como hipnotizado, no se separó de ella en toda la noche. Le fascinaba la seguridad en si misma que parecía tener Marina. La gente se acercaba a saludarle, para felicitarle por el excelente trabajo. Eso le halagaba, sobre todo cuando Marina, atenta a cada detalle, intervenía en la conversación para dar su opinión sobre alguna de las obras. Era tal su capacidad para captar la atención que hubo momentos en que se sintió un tanto ignorado. Aquella mujer parecía conocer su foto-libro mejor que él y que nadie de los presentes. Por un momento tuvo dudas sobre la conveniencia de aceptar aquella cena. Pero ya no fue capaz de volver atrás. Algo le decía que no iba a ser una cena más.