La furgoneta y los melones
No se como, pero aunque ya no es temporada, los melones y las sandías rodaron por la sala. Todo porque teníamos un encuentro allá en la Selva Negra, donde el alojamiento parecía limitado. Así que...había que poner unas normas para ocupar esas dos camas de 2x2...y si no tenías sitio, la opción era dormir en el suelo. Total que a alguien se le ocurrió como adjudicar un lugar preferente: las camas serían para quienes mejores melones, o sandías, que tampoco hay que excluir las redondeces, cultivaran. Claro que para ello habría que calibrar con precisión el tamaño de tan deseadas "frutas". Como siempre suele suceder hay quien tiene la autoestima por las nubes, y hubo una que ya dio por hecho que ocuparía un lugar sin ninguna duda. Yo no me atreví a confirmarlo no sea que me llamen ¡melonera!. Me hubiera gustado ver sus caras, cinta métrica en mano, frente al espejo. La anfitriona dijo que allá, las teutonas, que no tetonas, a pesar del clima, producen grandes y jugosas frutas que dijo haber probado, aunque a pesar del tamaño, nada que ver con el sabor de nuestros melones nacionales. Verdad es que hay gran variedad, pero estoy segura que nada que ver con esos melones españoles: pálidos como la arena de la mejor playa, o suaves como la caricia de la espuma de una ola; con pintas, con pecas, con punta de flecha, con manchas de sol, con alguna estría que otra por su excelente madurez, más dulces, más jugosos o un poquito más duros. Depende de con quién te los comas el placer puede ser más o menos intenso y la pulpa...¿Qué decir?
Estoy segura que con ocho basta. Así se fueron adjudicando las camas, porque hay que acomodar el sitio para los melones y las sandías, no es cuestión de que rueden por falta de lugar, ni que haya que sujetarlos con ambas manos para evitarlo. Pero claro, como el negocio siempre está presente, hubo una, que es de tierras de melones, que a la vista de tan suculentas y tentadoras frutas no pudo evitar pensar en ello... ¡Una furgoneta! exclamó, y mira tú que se apuntaron todas para llenarla de melones y sandías y pasear la mercancía por los pueblos, con el fin, eso sí, de que las gentes admiraran el poder de convocatoria que tan veraniega fruta causa. Sobre todo si quiénes las poseen, además de buenas meloneras, son tan encantadoras como buenas vendedoras. Alguien comentó que por qué no incluir papayas, aguacates dominicanos o limones de temporada...¡Que ellas no tenían esos melones! Y yo dije que no había problema, pero que tendrían que dormir en el suelo, porque la competencia era mucha y las camas pocas.
En fin, que me dieron ganas de conducir la furgoneta llena de esas frutas tan deliciosas, y llevármela entera toda a casa, con el fin de realizar una inspección minuciosa y la correspondiente cata. ¡Vamos que se me hizo la boca agua!


