Viajado en sus ojos (Un largo viaje con Ella y su Magia)
Hace ya tiempo que llegué, casi de puntillas, tímidamente, sin hacer ruido excepto con mis canciones, pero siempre me sentí diferente. Pronto di un pasito al frente, aunque jamás pensé que algún día podría saltar el foso de los cocodrilos. Porque ella vive en un castillo inexpugnable, rodeado de las murallas más altas que podáis imaginar. Sus dos enormes torres parecen amenazar con su sombra, hasta que ella se asoma por la ventana y el sol sabe que ya es la hora. No hay luz si ella no te mira. Aún recuerdo aquella primera vez en la que intenté saltar el foso. Después de tanto entrenar mi corazón y buscar el sitio más estrechó, conseguí volar por encima del abismo...pero no tuve en cuenta lo evidente: después del foso están las murallas. Y olvidé la soja. Me estrellé contra sus ocho vallas y a duras penas conseguí escapar de las garras de sus cocodrilos no sin algunas heridas. Así, de vuelta, emprendí un largo viaje que me ha llevado hasta esta noche, donde se han agrupado muchos de mis recuerdos:
Detrás de ella.
Y fue corriendo para mirar aquel viernes, y no quedarse en el camino. Y viajó en las pupilas de sus ojos, con el mar esperando mientras su sonrisa disimulada dibujaba corazones en la ventanilla. Allí entre bigotes de gambas y champagne del bueno, bebió de su copa con sabor a besos. La miraba, como quién se esconde en un pliegue de su escote, bailando sin bailar a su lado, con la música de sus latidos, con los pies descalzos para que el silencio no rompiera la magia. De vuelta, envidió los besos que ella le tiraba, y se sentó a su lado para que los kilómetros no pasaran y su mano fuera la suya y el tiempo se detuviera, el paisaje se quedara inmóvil y su boca no dejara de sonreír, aunque nadie lo notara. Fue un día, fueron dos, pero no quería que acabara. Hay cosas difíciles de explicar. Como esa noche que no pasaron juntas aún estando pegadas la una a la otra. Una más de esas noches sin final. Esta vez no estaba la rubia, ni tampoco la morena. Pero fumaron las dos a la puerta de los pubs. No sabían muy bien quien de las dos estaba más perjudicada, si la una por el champán o la otra por su deseo de ofrecérselo en el hueco de su ombligo. Así entre bailes y bocas hambrientas, fueron pasando las horas y la hoguera siguió ardiendo como la zarza de Moisés, eternamente. Y entonces apareció aquel chico y le robó un beso y ella le pidió que se fuera con él, mientras la consumían los celos y la rabia por un lado, y por otro deseando que disfrutara de un cuerpo de verdad. En el horizonte el sol empezaba a pintar los labios de las nubes y fue cuando me dijo que ella quería una chica…y le dije…para eso ya estoy yo, cierra la puerta y volaremos juntas hasta ese lugar donde solo estamos tú y yo. Pero aún faltaba subir hasta su casa, donde habita el deseo. ¿Un café?, me preguntó. No quiero café, desnúdate para mí y dame lo que sabes que tanto quiero. Hazme el amor cariño. ¿Quieres que lo haga para ti? Soy tuya. Hazlo porque hoy te deseo más que nunca, mi amor. Vuélveme loca. Y así, con la luz del amanecer entrando por la ventana, dibujando sus cuerpos sobre las sábanas… Se fundieron en una sola entre palabras que nunca se habían dicho y un deseo insaciable que solo un orgasmo infinito, y el sueño de una noche interminable fue capaz de calmar. Aunque tan solo fuera una tregua. Dime qué si, dime qué si. ¿Cuándo? Le respondí. Cuando tú quieras, esperaré. Y otra vez, ni el beso robado, ni los cuerpos voluptuosos, ni el frenesí de la fiesta, ni las tentaciones de aquel joven que tanto la desea, pudieron evitarlo. Al final, solas, tú y yo …y nuestros gemidos.
Y ¿Cómo sucedió?
Nunca se sabe que nos impulsa a tomar una decisión y no otra. Había probado de todo y pensó que no habría nada más. Aquel día, como podría haber sido cualquier otro, pincho en ese Nick que describía una acción inmediata. Y como una premonición así fue. Cayó en los brazos del destino y ya no pudo salir. Si intentaba huir, sus ojos no veían el camino, si intentaba escalar las paredes de su piel, resbalaba siempre entre sus piernas, si intentaba gritar pidiendo ayuda, aquellos labios tapaban su boca. Poco a poco se fue hundiendo más y más en su enorme corazón hasta confundir la realidad con la fantasía. Por las noches se arropaba con su piel y por las mañanas, para desayunar, lo de siempre, café con besos. Y fue perdiendo la voluntad y aumentando su deseo. Y por primera vez se sintió débil con cada beso suyo, con cada caricia y con cada gemido. Ella que se creía invulnerable, la que siempre lleva la iniciativa, estaba perdida, hechizada por la magia de una mujer única. Así que esperó a que aquellos brazos dejaran de ser una prisión de la que no quería salir. Una prisión donde le gustaría vivir para siempre. Y pensó en cometer un delito para que la condenarán a cumplir amor perpetuo, cuyo castigo sería no poder entrar en su celda. Ahora, aquí, solo podía hacer dos cosas: esperar al invierno para que apagara su calor o cometer el delito, con todas sus consecuencias. La otra opción, la tercera, era acabar como Thelma y Louise, en el fondo del barranco de sus sentimientos.
Y si, no deja de sorprenderme. Anoche viajaba yo en un fotón de ojos en ojos, entre puntos y aparte, con el mar en mi piel y tendida sobre una pequita, cuando de pronto, el universo se plegó sobre si mismo y lo imposible sucedió: el efecto túnel unió dos corazones y no hubo ni foso, ni vallas, ni murallas capaces de evitarlo.
Mi corazón estalló de júbilo y vi sonreír a todas las estrellas del firmamento de esa sala, que sois vosotras. Sois mi universo. Gracias.