Desde la fuente hasta el estero
Cuando tienes una cierta edad, al contrario de lo que se piensa, no se pierde vista, si no que se gana agudeza. En la niñez todo son preguntas, porque ves muy bien pero no entiendes casi nada. Y, por no se que extraña razón, a los adultos nos cuesta responderlas. Quizá porque en realidad tampoco nos las explicaron en nuestra infancia. Así durante un tiempo vivimos en un burbuja necesaria. Está llena de proyectos, de ilusiones, de deseos y necesidad de reconocimiento. Muchas personas, para lograrlo, son capaces de cualquier cosa; otras se conforman con dejar pasar los acontecimientos.
Un día, pasado el ecuador de la vida, decides responder a todas esas preguntas que te hacías y que te hacían. Entonces es cuando te das cuenta de que las respuestas eran más sencillas de lo que parecían. Durante ese tiempo transcurrido has aprendido a tomar decisiones sin la carga emocional de la juventud y con sentido de la justicia, que no es lo mismo que la ley, con la sensatez que ni los niños, ni los adolescentes, ni las hormonas, tienen. Así, aceptas la realidad que en otras etapas te negarías. Ya no hay berrinches, ni ira, ni odio, ni resentimientos por las cosas que te suceden. Ya no estás para escuchar cantos de sirena, ni para que te cuenten cuentos. Es el momento de la madurez, de la aceptación de una misma, de mirar las paredes del cañón que ha horadado tu camino, disfrutar de las curvas trazadas en la piel de la vida, de saber mirar con la agudeza visual del alma y, sin necesidad de lentes de aumento, saber que es lo correcto. Y hacerlo, te hace más feliz. Porque a veces, tu felicidad reside en el otro. Y en ese momento estoy, en la aceptación de la felicidad del alma común de todas las personas a las que quiero.
(Dedicado a la chica que encontré en el estero de mi vida)
La canción se la debo a un alma que tiene mil colores, y la inspiración a la mujer que se sienta en el alfeizar de mi casilla. Lo demás es producto de un corazón partido en tres, unido por la amistad, el amor, y el deseo.