CAPITULO I
Marina
El pequeño pueblo costero comenzaba su actividad muy temprano, poco antes de amanecer, como si fuera un despertador del sol. En las noches de luna llena, a través de su ventana, observaba las faenas de los marineros con sus aparejos de pesca. Sus ojos recorrían el horizonte por encima de las viejas y coloridas barcas de madera que se mecían al compás de las suaves olas. De vez en cuando, algunos destellos plateados rompían la oscuridad, saltando e intentando competir con las estrellas.
Tenía apenas diez años y a pesar de su edad, ya era consciente de muchas cosas. Hacía tiempo que un ambiente de tristeza, como una nube gris que oculta el sol, se había instalado en aquella casa. Todo eran palabras imperativas y gestos que no eran de su agrado. Las sonrisas de sus primeros años, los juegos en la pequeña playa y la cara de su madre enamorada, parecían haberse perdido entre la bruma de las largas noches de invierno. Ya no existían. Por muchas vueltas que le daba no era capaz de encontrar la razón por la que todo había cambiado. A veces pensaba que quizás tuviera la culpa la dura vida de pescador de su padre, que le obligaba a pasar muchos meses en la mar. Ella y su madre tan sólo esperaban. Durante esos periodos de ausencia todo era muy distinto a cuando él estaba. El comportamiento de su madre era muy diferente, como si un rayo de sol se filtrara a través de las nubes tormentosas. Su cara tenía un brillo especial, muy distinta a la que veía cuando su padre regresaba. Su mente infantil no era capaz de comprender la razón de tanta diferencia entre que él estuviera o no.
Hoy era un día de esos en los que su padre volvía a casa después de varios meses en alta mar. Debería estar contenta de su regreso. Miró a su mamá y no vio ninguna muestra de alegría en su rostro. Tenía la misma máscara de los últimos tiempos. Como si algo le hubiera borrado la cara de felicidad que ella recordaba. Era totalmente inexpresiva. Irreconocible. Nada parecía haber cambiado ante la perspectiva del regreso de su papá. Más bien al contrario. Su mamá tenía la mirada perdida y hasta le pareció apreciar algo de temor en sus ojos.
El padre de Marina tenía las manos grandes, duras, curtidas por el salitre del mar. Su cara erosionada por el viento, tenía un aspecto muy varonil, que le otorgaba cierta presencia. Le recordaba al capitán Ahab de Moby Dick., tal y como había leido en esa novela ilustrada que le regalaron en su último cumpleaños. No era muy alto, pero si fuerte y fibroso. Ese aspecto que cualquiera puede imaginar en un marinero de alta mar. Él y su madre llevaban casados más de una década. Cuando era más pequeña les miraba como si fuera un árbol al borde del camino contemplando a los paseantes. Él se sentaba a su lado mientras se dirigía a su madre. Hablaba en un tono tan bajo que siempre pensó que no quería que ella le escuchara. Tenía un tono de voz extraño, grave y profundo, como si hablara desde el fondo de un pozo Su mirada le inquietaba y asustaba hasta provocarla el llanto, lo que hacía que la cara de su padre adquiriera una tonalidad rojiza, como azotada por el vendaval y la espuma de las olas en la borda de su barco de pesca. No sabía la razón, pero él no parecía hacer nada por impedirlo. Por el contrario, su madre, una mujer muy guapa, permanecía en silencio con la cabeza inclinada sobre la mesa y evitando mirarle a los ojos. Marina hubiera querido saber que estaría pensando, pero en esos momentos solo deseaba estar entre sus brazos. Sentía que sus ojos le acariciaban y los latidos de su corazón le cantaban la más alegre de las nanas. Sin embargo con su padre nunca tenía esa sensación de placer. Las pocas veces que la tomaba entre sus rudas manos, aquellos ojos interrogativos parecía como si buscaran algo que ella desconocía y no podía comprender. Era una mirada torva que nunca fue capaz de descifrar. Entonces, aún, no podía leer sus ojos.
Aquella noche, después tantos meses de ausencia, fue diferente a otras. La puerta entreabierta dibujaba una línea dorada sobre el suelo del estrecho y oscuro pasillo, una frontera que nunca debería haber sobrepasado, pero lo hizo. Por alguna razón se despertó y se dirigió a la cocina, que se encontraba al fondo del corredor. Tenía sed, pero la botellita que solía tener siempre junto a su cama estaba vacía. Antes de llegar a la cocina se detuvo al borde de la luz que salía de la habitación. Miró por la rendija y el collar de su madre se dibujó en sus pupilas infantiles. Se restregó los ojos, pero no pudo borrar aquella imagen. Su padre estaba de espaldas a la puerta y sujetaba la correa con una mano. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener el aliento y ahogar un grito. Se arrepintió de haberse despertado, pero se quedó inmóvil, como si estuviera clavada a la vieja tarima del suelo.
—¡Lame perra inútil...! —las palabras soeces de su padre, la saliva esparcida por el suelo resbalando desde el cuerpo de su madre, su cara descompuesta y su actitud sumisa, la dejaron petrificada. No podía apartar la vista. Su padre hacia movimientos compulsivos y empujaba la cabeza de su madre, de rodillas, contra él. Observó cómo le ponía la correa entre los labios y la abofeteaba, mientras no dejaba de mirarla de esa forma que a ella tanto le asustaba. Marina no conseguiría recordar cuanto tiempo permaneció inmóvil en la frontera. La imagen de su madre desnuda, acurrucada en el suelo en posición fetal, con su collar de perro, quedó impresa en su mente, como una escarificación. Jamás volvió a cruzar la frontera e hizo de su pequeña habitación, un lugar en el que refugiarse. Un mundo al otro lado de esa línea. La escena quedó archivada en su cerebro detrás de un muro que impidiera escapar al recuerdo. Regresó a su habitación, se asomó a la ventana y miró al cielo. Le hubiera gustado vivir allá arriba, en la cara oculta de la luna nueva. Las sardinas plateadas seguían compitiendo con las estrellas y el murmullo del mar ocupó todos sus pensamientos.
El amanecer la sorprendió allí, con los ojos fijos en algún punto del horizonte que se dibujaba poco a poco, donde los pesqueros se iban haciendo cada vez más y más pequeños hasta desaparecer. Quizá su padre estuviera en uno de esos barcos. Sintió un escalofrío. No sabía si era un pensamiento o un deseo. Tal vez, algún día, no volviera a verle.
Como siempre, desayunó con su madre.
—¿Ya se ha ido, mamá?— Marina se abrazó a ella, cerró los ojos y escuchó su corazón. La seguía acariciando como cuando era un bebé. Eso no había cambiado, pero sus latidos ya no le cantaban. No dijo nada. Un silencio recorrió la estancia tan solo interrumpido por el rumor de la espuma chocando contra el viejo embarcadero de madera, mientras el sonido de los motores diésel se apagaba en la distancia como si el suave murmullo del mar hubiera cogido la delantera. Se volvió a asomar a la ventana y juró que nunca dejaría que ningún hombre le hiciera sentirse como su madre. Ya crecería.
(Continuará)
(continuación)
Acabada la carrera de forma brillante, no le fue difícil encontrar trabajo. Podría haber sido una gran periodista, tenía cualidades, pero cuando le ofrecieron aquel puesto en la editorial, no tuvo dudas. Se marchó a Madrid. Atrás dejaba una madre adormecida, destruida y a merced de aquel hombre que decía ser su padre. Habían pasado años y la visión de aquella noche tan solo ocupaba un lugar recóndito de su mente. Después de aquello, algo en su interior se transformó, y un sentimiento que no podía explicar se instaló para siempre en su cabeza.
No le resultó nada fácil adaptarse a la gran ciudad. Para alguien con una vida social limitada, resultaba difícil relacionarse. Sus pocos amigos de la universidad se habían quedado en su provincia. Ahora estaba sola, así que su trabajo se convirtió en una vía de escape. Le dedicaba tantas horas que no había nada que escapara a su control y esto no le granjeaba muchas simpatías entre sus compañeros. No era muy empática, especialmente con los hombres. Sin embargo, aquel día, sin saber por qué, algo le llamó la atención. En sus manos tenía un fotolibro con un título, El fotógrafo de parejas, de Carmelo Steiner. El trabajo de ese hombre le pareció impresionante. Había algo inquietante en sus fotografías, aunque no sabría decir el qué. Durante la corrección un deseo empezó a embargarla; quería visitar la exposición de fotografías de ese artista. Estaba segura de que esas increíbles imágenes, en gran formato, no serían lo mismo al verlas colgadas en las paredes de la galería.
Madrid, poco a poco, fue formando parte de su rutina, le gustaba la diversidad de culturas y el anonimato que parecía imperar en una ciudad donde nadie parece preocuparse de donde eres o a qué te dedicas. Un lugar muy diferente del que procedía. Se sentía sola y a la vez acompañada por esa sensación de libertad que esa ciudad transmite a sus habitantes.
Los primeros meses fueron duros, la soledad le causaba nostalgia y pasaba horas sentada en su cama con el portátil entre las piernas. A veces hablando por Skype con alguna compañera de la universidad y otras curioseando en alguno de los múltiples chats. Algo que ya hacía entonces con su amiga Virginia, a la que conoció en un canal de lesbianas. Una dómina de la que aprendió muchas de esas prácticas que desde la infancia estaban instaladas en su subconsciente como un árbol centenario que intentaba sobrevivir extendiendo sus raíces. Marina utilizaba un nick, MCelia, formado por su nombre y aquel personaje de Elena Fortún que le leía su madre hasta que pudo hacerlo sola. Le gustaba, de alguna manera era un trocito de la niña que fue. Con el tiempo a través de sus relaciones con otras chateras descubriría su bisexualidad. Ese mundo virtual, se convertiría en una adicción y una válvula de escape para su soledad. En muchas ocasiones se había preguntado si sería capaz de hacer realidad todas esas fantasías. Aún seguía con la muralla guardando su subconsciente a salvo de cualquier asalto indeseado. Por otra parte, su mente seguía enviando señales de liberación. No podía vivir en dos mundos. En algún momento debería decidir sobre la necesidad de ser ella misma. Un ser completo, sin censura y sin miedos. Estaba convencida que tarde o temprano esos dos universos paralelos convergerían.
Madrid es una ciudad hostil para los coches. Las múltiples restricciones a la circulación y la dificultad para aparcar eran una pesadilla, así que cuando se dirigía a su trabajo siempre lo hacía en transporte público, preferiblemente en metro. Le gustaba la hora punta a pesar de que tenía un horario flexible. A esas horas los andenes estaban plagados de cuerpos expectantes y ansiosos por inundar las puertas de los vagones abarrotados en cuanto el tren se detuviera. Allí se daban cita un mundo diverso de personajes: almas en pena con la cara apagada, los hombros caídos y un rictus en sus labios de suma tristeza. Muchos camino de alguna lúgubre oficina o una caja de repetitivos sonidos que el escaner va anotando al paso de los productos. Cualquier lugar donde pasarían el día sin pena ni gloria. También mujeres vestidas con llamativas prendas que dejaban adivinar el deseo de muchos sin importarles las miradas, y que más bien les hacían sentirse halagadas. Luego estaban los ejecutivos, bien trajeados,con los zapatos lustrados y un aire de suficiencia…como si estuvieran parados con el semáforo en rojo, en su exclusivo deportivo. Solían leer algún periódico salmón o un libro de esos “como alcanzar el éxito” que nadie compra, excepto ellos. De entre todos los personajes, estos eran su presa favorita. Ese día se había vestido con un ligero abrigo de primavera, de piel sintética, con manchas de leopardo sobre un fondo gris plata, que no llegaba más abajo de sus rodillas, dejando ver una minifalda negra y una blusa ajustada, con un generoso escote. No medía más de uno sesenta, pero su delgadez, sus tacones, su pelo corto, su cuerpo cuidado y su estilo, no dejaban a nadie indiferente. Como de costumbre entró la última al vagón, así se aseguraba de que todo el mundo se fijaría en ella. Con el abrigo desabrochado se agarró a la barra superior. Un gesto que acortaba aún más su falda y hacía que sus pechos se desbordaran luchando por salir de su angosta prisión. Tenía una mirada altiva y segura, desafiando a los ojos que la contemplaban. A su lado con un impecable traje de chaqueta, una joven intentaba evitar el contacto visual. Era alta y bien parecida, un tanto andrógina. Pero lo que más le llamó la atención, es que no leía y no llevaba reloj, algo extraño, incluso en una mujer con ese aspecto de ejecutiva. En esta época, donde el uso de los dispositivos móviles impera, el uso de algo no habitual es un signo de distinción. En la siguiente estación el vagón se llenó aún más, podía sentir como los cuerpos a su alrededor hacían lo posible para no incomodarla con su roce; eso la excitaba y no colaboraba para impedirlo. Un mar de cuerpos moviéndose al ritmo de cada curva, de cada frenazo. Estaba pegada a la joven. Olía a perfume caro. Quizá Flowerbomb, de Víktor and Rolf, uno de sus favoritos. Para acomodarse, se giró frente a ella asegurándose de sentir el roce de otros cuerpos, sin dejar de mirar a todos a los ojos.
—Perdona..—le dijo, a la vez que se agarraba a su cintura y le clavaba literalmente sus pechos, en una de las paradas. Tenía una voz seductora, que podía modular a voluntad para adaptarla como un engranaje de precisión a lo que pretendía transmitir—.
—No pasa nada—balbuceó la mujer—a estas horas siempre está muy lleno, demasiado.
Podía sentirla pegada a ella y separó un poco las piernas para guardar el equilibrio, dejando que en cada vaivén, rozaran las de la joven. De vez en cuando, sin apartar su mirada, esbozaba una cómplice sonrisa, o humedecía ligeramente sus labios con un gesto sensual, casi un tic, que no parecía provocar ningún interés en el rostro impenetrable de aquella chica que parecía ser inmune a su perturbadora mirada. Sus ojos verde lluvia parecían ser el centro de todo. No solía llevar carmín, ni pendientes, ni collares. Ningún adorno superfluo. No le hacían falta. Pero, por alguna razón, no parecía causar el más mínimo interés en ella. Su rostro permanecía impasible. Le hubiese gustado sentir como sus manos rozaban su precioso culo o su mirada explorando su escote. El vagón atravesó el Madrid subterráneo como un gusano y Marina miró por la ventanilla como se sucedían las líneas del cableado eléctrico, tuberías, puertas de escape y su imagen reflejada en el cristal de la ventanilla. Su pequeño lunar de tinta azul, recuerdo de la infancia, estaba en el lado contrario de su cara. En la siguiente estación se bajó contrariada no sin antes dejarse notar al pasar junto a ella. La chica que estaba junto a la puerta la dejó pasar dedicándole una sonrisa. Al pisar el andén no pudo evitar volver la cabeza y mirarla.
“Al menos he conseguido que alguien me sonría. A las mujeres no hay quien nos entienda. ¿Estaré haciéndome mayor? —pensó—
Al pasar frente al escaparate de Fnac, se detuvo un momento...
Estoy estupenda, pero no a todas nos gustan las mujeres—se dijo a si misma—. Luego continuó andando hasta el edificio de telefónica por la acera derecha de la Gran Vía, mientras un cosquilleo recorría todo su cuerpo a cada paso. Era como si las miradas de los transeúntes acariciaran el vello de su piel sin llegar a tocarla. Suspiró y pronunció una palabra muy recurrente en los chat “ains” . Después como cada día, ascendió las escaleras hasta el segundo piso —nunca cogía el ascensor— de forma cadenciosa, despacio, sintiendo como se tensaba cada músculo de sus torneadas piernas y la bala intravaginal vibraba en su interior. Jamás descompuesta, controlando su entorno por si alguien estuviera observándola. Parecía que siempre estuviera en un escaparate, a la vista de todos, como si fuera un regalo inalcanzable para la mayoría.
Era viernes. Había tenido una semana agotadora revisando cientos de pruebas tipográficas, correcciones, reseñas e indicaciones para el editor. Siempre insatisfecha y con una excesiva tendencia a controlarlo todo, la desesperación se apoderaba de sus pensamientos a poco que a los demás les costara entenderla. Tenía una tendencia psicópata por realizar su trabajo a la perfección y a los demás les exigía lo mismo. A veces eso le causaba un conflicto emocional por un excesivo afán por dar clases de sabiduría. Lo sabía, pero no siempre podía evitarlo.
“¿Por qué nadie entiende mis deseos a la primera? Quizá sea demasiado controladora. Me preocupa que mis compañeros piensen que siempre busco putearlos, cuando lo único que pretendo es realizar el trabajo como es debido. Me cuesta empatizar con ellos y, en el fondo, me duele. No tengo remedio” —pensó—. No se sentía especialmente orgullosa de si misma a pesar de que luchaba por ser más sociable.
Su trabajo se había convertido en una obsesión, debido a un exceso de celo profesional. Pero ello no le impedía disfrutar de su tiempo libre. Tenía por delante un fin de semana para su otro yo. Eran los únicos días que se permitía la licencia de hacer lo que quisiera al margen de sus tareas profesionales. Fuera de su quehacer profesional era una persona totalmente distinta, con una personalidad diferente. Algunas veces, cuando llegaba a casa tarde, a la mañana siguiente tenía dudas si lo sucedido era real o tan solo una fantasía. Llegó a pensar en la necesidad de solicitar ayuda psicológica, algo que borraba de inmediato de su mente, para convencerse de que Marina solo hay una.
Le gustaba subir hasta su apartamento escuchando el sonido de sus pisadas sobre la vieja madera. El edificio tenía ascensor y el ático estaba en el cuarto piso, pero ella, como siempre, prefería subir andando. La calle, estrecha y corta, no tenía mucho tráfico. Cada vez que subía y bajaba, pensaba lo mismo “es bueno para el culo”. Suspiró con la satisfacción de haber llegado sin excesivo esfuerzo. Giró la llave y cerró la puerta tras de sí. Luego dejó el bolso y su maletín de trabajo sobre la mesa del salón, al mismo tiempo que se bajaba de sus tacones. Camino del baño conectó el exclusivo equipo de sonido Bang&Olufsen y el número cuatro del dial reprodujo el concierto en B menor para violonchelo y orquesta, Op. 104 de Antoni Devorák, dirigido por el maestro Rostropovich. La melodía inundó cada rincón de la casa. Abrió la llave del agua y el vaho comenzó a desdibujar el cuarto de baño. Le recordaba a la niebla matinal que acariciaba el muelle del pequeño pueblo donde pasó su infancia. Probó la temperatura del agua con los dedos de un pie y luego dejó que su cuerpo se adaptara al nuevo elemento. Se relajó y su mente se fundió como un acorde al ritmo del chelo. Diez minutos después, su figura desnuda se reflejaba en el espejo de la puerta de su armario. Le gustaban los espejos de cuerpo entero. Pensaba que reflejaban mejor la realidad. Los pequeños le parecían muy poco imparciales. Al fin y al cabo siempre podían esconder una parte que no deseabas ver. Se acercó y apoyó sus pechos contra el frio y suave cristal. Echaba de menos el peso del cuerpo de un amante, sus manos acariciando sus caderas, sus dedos entre sus suaves muslos…Se sentó con las manos entre sus piernas y dejó que sus dedos la llevaran al éxtasis. Un orgasmo incontrolable hizo temblar todo su ser. Se secó, aún con las manos temblorosas, y se vistió de manera informal con una camiseta larga y un coulotte. Se acercó a la ventana, los árboles empezaban a perder el verde intenso y la luna llena luchaba por emular al sol. Le gustaba contemplar el pequeño satélite sobre el cielo azul oscuro. Su cara ya no reflejaba en el cristal el tostado aspecto de los días de playa y no pudo evitar un sentimiento de melancolía ”siempre me pasa lo mismo, en invierno deseo el calor y en cuanto acaba el verano quiero volver a disfrutar del placer de sentirme arropada por un precioso abrigo” No dejaba de creer que la ropa invernal era mucho más sexy. Excitaba la imaginación. Todo era mucho menos evidente. Como cada día, abrió el chat. No podía dejarlo, era su otro mundo y al día siguiente tenía una cita. Era la primera vez que se atrevía a hacer una fantasía realidad. La primera ocasión en la que sus dos mundos convergirían. El encuentro lo había visualizado mil veces hasta en sus mínimos detalles, pero aún así, a pesar de su personalidad arrolladora, una cierta sensación de angustia se hizo presente.
(Continuará)
(Continuación y fin del capítulo I)
La cita
Marina pagó la cuenta con su American Express Oro y salió de Horcher para dirigirse andando hasta el hotel Palace. Se sentía extremadamente excitada. Bajo su abrigo ligero podía sentir como el vestido de Valentino se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Caminaba escuchando cada paso entre el río de gentes que volvían la cabeza como quien observa a través del cristal una tienda de lujo. Era una melodía que componían los tacones de sus zapatos Gloria y el rodar de su trolley Louis Vuitton. El día anterior había utilizado otra vez la AmEx para pagar todo lo que llevaba puesto: medias de seda, liguero y un conjunto de sujetador y culotte del diseñador español Andrés Sardá. Tenía la sensación de caminar desnuda ante la mirada de los transeúntes, que no apartaban la vista de sus bonitas piernas.
En la puerta del hotel, el portero, vestido de librea, le hizo una reverencia y se ofreció a llevar su trolley…
—No es necesario, gracias— le respondió educadamente al tiempo que se quitaba las gafas de sol. Después atravesó la rotonda bajo la gran cúpula de cristal, sin inmutarse, mirando a su alrededor para volver sobre sus pasos, como si de una pasarela se tratase, y tomar el ascensor hasta la tercera planta donde había reservado una habitación Premium con vistas a la Plaza de Neptuno. Abrió la puerta y se dispuso a preparar su perfomance. Se cambió y se sentó cómodamente en el sofá. Hasta cierto punto estaba nerviosa, pensando en lo que él le había dicho en el chat; sus gustos y preferencias, sus fetiches y sus deseos más ocultos. Un recuerdo de su infancia recorrió sus neuronas como si intentara tomar el control. El sonido metálico de su Dupont al abrirse le sacó de sus pensamientos. Con elegancia encendió el cigarro, entornó los ojos, se relajó y se dispuso a esperar.
Una vez al mes, él viajaba a Madrid con el fin de supervisar la marcha de su empresa. Le gustaba la ciudad, se sentía libre y de algún modo invisible, perdido en el anonimato y lejos del ambiente en el que se movía habitualmente. En Madrid era otra persona y haberla conocido fue como si se tratara de alguien de otro planeta. No sabía qué, pero tenía algo especial. Como todos, él también tenía su secreto. Los negocios le habían ido bien y, a pesar de la crisis, su economía seguía creciendo. Había dejado a su familia en Bilbao y, esta vez, estaba solo… aunque no exactamente. Hacía tiempo que deseaba que llegara este momento. Había quedado en encontrarse con alguien y hoy, por fin, después de muchas dudas…había llegado el momento. La comida de negocios se le hizo eterna. La impaciencia minaba su atención y le costaba seguir las conversaciones, su mente estaba en otro sitio. Después de un par de horas volvió a su despacho en la torre Picasso. Allí se cambió de ropa: pantalón ajustado tipo leggins, camiseta de lycra, botas Mártin y una chaqueta de cuero, todo negro. Se miró por última vez en el espejo y asintió con la cabeza en un gesto de autoafirmación. A continuación descendió directamente en el ascensor hasta el aparcamiento. El Mustang, negro zafiro, le llevo rápidamente hasta la Carrera de San Jerónimo, directamente hasta el parking del hotel. Aunque lo había memorizado infinidad de veces, volvió a mirar el bloc de notas de su iphone y tomó el ascensor hasta la tercera planta.
—….369, —exclamó para si mismo—, inspiró profundamente, se ajustó la chaqueta y llamó con los nudillos.
—Adelante, pasa.
La habitación estaba oscura. Las cortinas corridas apenas dejaban pasar un ligero resplandor del atardecer. Al fondo, sobre un amplio sillón, iluminado cenitalmente por una lámpara de pie, se encontraba el motivo de sus deseos.
El hombre tardó unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Ninguno cruzó una sola palabra. Sobre la cama había varias prendas de mujer, lencería y tacones..
—Vamos, ya sabes lo que me gusta, vístete…
El olor a tabaco negro y fuerte inundaba la habitación.
— …Cohíba Behique 54, me encanta—musitó él.
Inspiró dos o tres veces, miró a su alrededor y esbozó una sonrisa al apreciar la gran diferencia con esos antros rancios y decadentes que visitaba de vez en cuando. Se quedó de pie, inmóvil, y a continuación empezó a desvestirse. Los dedos le temblaban y le costó deshacerse de los leggins pegados a su piel, totalmente depilada.
Al fondo, con las piernas cruzadas, podía adivinar entre la penumbra a quien tanto había esperado encontrar. No apartó la vista mientras se desvestía. Tenía un aspecto muy varonil. Elegante. El traje, caro e impecable, los zapatos Barker Black eran hipnotizantes y la corbata de Hermes, de tonos verdes, completaban un retrato de aquel perfecto deseo que tantas veces había imaginado. Se sentó sobre el borde de la cama mientras deslizaba las medias de seda sobre sus piernas torneadas, una voluta de humo le alcanzó la cara y un placer inmenso penetró por sus fosas nasales. Se acercó al sillón muy despacio y se puso de rodillas, dándole la espalda. Con un gesto pidió que terminara de subir la cremallera del “Valentino”. Entornó los ojos y aspiró de nuevo el humo del cigarro. Luego se dio la vuelta.
— Toma sólo falta esto…
Marina le entregó el lipstick Queen y él lo pasó sobre sus labios sin preocuparse demasiado. Le gustaba desdibujado,como una puta de meublé barato. Una nueva bocanada de humo sobre la cara hizo que sus ojos adquirieran un brillo húmedo, lacrimógeno. Su respiración empezó a agitarse.
—Como habrás observado he empleado bien tu dinero. Me gustaba más el traje de Valenciaga… Pero tardaban en conseguir nuestra talla.
—No me preocupa, sabes que te daré lo que quieras. No repararé en gastos para complacerte. He esperado mucho tiempo a que llegara este momento. Me alegra que hayas decidido hacer de tu fantasía mi realidad. No puedes imaginar los sitios en los que estado, hasta conseguir encontrar lo que llevo toda la vida deseando.
—Voy a gastar todo tu dinero…ya lo sabes. Es un placer para mi y también para ti ¿verdad?, a no ser que prefieras que busque a alguien más dispuesto...
—¡No!, te quiero para mi!… Sólo para mí.
—Me gusta oírte decir eso…Ya sabes que me excita sobremanera chulearte. Espero que seas merecedor de mi atención y no me defraudes. Es el tributo que tienes que pagar. He estado comiendo en Horcher, sola, vestida con eso que llevas puesto. Debes saber que ha sido todo un éxito, no han dejado de mirarme un solo minuto. Creo que me miraban como yo a ti ahora: como a una scort cara. Acercate más.
Se acercó hasta estar entre sus piernas y puso sus manos sobre las rodillas deleitándose con el suave tacto del traje de seda. Ella tomó una bocanada de humo del cigarro y dejó que escapara lentamente entre sus labios mientras abría deliberadamente sus piernas..
—¿Cuantas veces has imaginado este momento? Seguro que tantas como yo. En el fondo, tenemos un doble cuerpo. Un solo cuerpo perfecto que sólo es posible cuando están juntos.
Él desabrochó el cinturón con el mismo y cuidado ritual que lo haría una geisha. Después bajó la cremallera y se recreó en el sonido que emitía cada diente. El bóxer de CK, blanco impoluto, deslumbró ante sus ojos. Luego acarició la tela que aprisionaba aquel miembro marcado con todo detalle. Abrió la boca y se quedó inmóvil mirando a Marina. Le pareció un ser perfecto. Tenía la masculinidad que a él le faltaba. Meditó respecto a lo bien que había gastado su dinero. Sin duda, después de tan largas conversaciones durante meses, sabía perfectamente como debía tratarle. Todo le pareció infinitamente mejor de lo que había imaginado.
Marina dejo caer la saliva sobre su boca y él lamió el bóxer hasta mojarlo completamente. Ahora incluso podía apreciar el color rosado de su miembro. Estaba deseando liberarlo de su prisión y sentir su dureza en cualquier parte de su cuerpo. Pero entonces, cuando más lo deseaba, ella se levantó, subió la cremallera del pantalón, ajustó su cinturón y se quedó frente a él. Levantó su barbilla con la mano, le miró a los ojos y le ordenó que se quitara el vestido.
Estaba impresionante con esa lencería cara. Su piel estaba extremadamente cuidada, una depilación impecable y un cuerpo fibroso, delgado, torneado en el gimnasio. Muchas mujeres lo envidiarían.
Le empujó suavemente sobre los hombros y quedó tendido en la cama boca arriba. Se puso encima de él, le sujetó las manos sobre la cabeza y le pasó su lengua entre los labios. El olor y sabor a Cohíba le excitó aún más. Respiró profundamente y notó la presión de su muslo entre las piernas. Nunca lo había deseado tanto. Que distinto era aquel cuerpo, tan diferente al de aquellos viejos depravados a los que tenía que entregarse de vez en cuando, en tugurios de mala muerte, con tal de satisfacer sus más ocultas fantasías.
—Para ser la primera vez, es suficiente — le dijo acomodándose el traje—.
—Ahora tienes que volver a casa. Pensaré si tu tributo merece algo más.
—Te daré lo que me pidas. ¿Serás sólo para mí, verdad? —le suplicó—.
—Quizá. Iré a verte a tu despacho. Quiero el poder, sobre ti y sobre todo. Es lo único que me interesa de ti.
—Lo que tu quieras, pero dime que sólo serás para mi —le suplicó de nuevo—¿Quieres más dinero?
—No olvides una cosa: Sin mi no eres nada. ¿Que pasaría si no volvieras a verme? ¿para que te serviría tu dinero? Vístete.
Marina, desde la ventana de la habitación, vio girar el Mustang en la glorieta y perderse en la distancia, enfilando el Paseo del Prado en dirección norte, mientras se quitaba el strapon y se acomodaba de nuevo el vestido. Metió con cuidado el portatrajes y el resto de la ropa en su trolley y llamó al servicio de habitaciones. Esta vez cruzó bajo la cúpula seguida del mozo con su equipaje. Su mirada estaba ausente. En la puerta del Palace le esperaba un Uber. En unos minutos, estaría de nuevo en su precioso ático. El tabaco le daba sed y tenía la costumbre de tener siempre agua fría. Eso, las botellas de cristal y beber directamente eran algunas de sus manías.
Carmelo
A pesar de las veces que había estado, no lograba acostumbrarse a la falta de luz de los países nórdicos. Las noches de luna llena y cielo despejado eran una bendición, una ilusión irreal que le hacía recordar lo largos días de verano en España. La semana en Estocolmo se le había hecho eterna y la espera en el aeropuerto aún más. A pesar de todo, agosto era un mes ideal para viajar a Suecia, el sol alumbraba la ciudad hasta las ocho de la tarde; nada que ver con los cortos días de invierno. Aún así, estaba harto de esos viajes por compromiso. Siempre se juraba que no los aceptaría más, pero al final, por unas cosas u otras, se sentía obligado y acababa aceptando.
“Con un poco de suerte en cinco horas estaré en casa” —pensó─.
Se acomodó en su asiento de primera clase y se puso los auriculares; la música le hacía abstraerse de su miedo patológico a volar. Se sintió feliz cuando se despertó y, por la ventanilla, divisó la gran ciudad. Enseguida escuchó la voz rutinaria de la azafata anunciando el próximo aterrizaje: “Abróchense los cinturones y pongan las bandejas y sus asientos en posición vertical. En pocos minutos estaremos en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid. La temperatura en la ciudad es de 32 grados...”
Carmelo, a tan baja altura, puede ver la serpiente de vehículos, casi inmóviles, que circulan por la NII. Un hormiguero de luces camino de un fin de semana en cualquier lugar fuera de la urbe. Una costumbre muy madrileña. A pesar de haber viajado cientos de veces, no puede evitar esa sensación de angustia en el descenso. Es una impresión que no le abandonará nunca después de aquel accidente en Salónica, del que milagrosamente todos salieron ilesos. Los neumáticos chirrían y los inversores, con su sonido característico, detienen el aparato de forma rutinaria. Está cansado y sólo desea llegar a casa lo antes posible, pero aún tiene que recoger su equipaje y su coche del aparcamiento. Mientras espera, la cinta va pasando ante sus ojos mostrando equipajes de distintas formas, tamaños y colores. Hay gente que viaja con enormes maletas y otros con tan solo un pequeño equipaje de mano, como suele hacer él. Se fija en la gente que los recoge y observa como las grandes maletas suelen ser de las mujeres. Sin duda son mucho más previsoras y dejan poco al azar vayan donde vayan. A él siempre le faltan cosas que no echa de menos hasta que las necesita. Odia hacer el equipaje. Por fin, como una rama que navega río abajo, su maleta color fucsia pasa ante él. Siempre las compra de ese color, así es fácil distinguirlas. Con un poco de suerte, si el tráfico madrileño no lo impide, llegará antes que ella. Es viernes, hora punta y a pesar de que va en dirección contraria, después de media hora aún no ha llegado a la Avenida de América. Será difícil que así, llegue antes. Si hay algo que le saca de quicio son los atascos.
Carmelo sintoniza KissFM de forma automática, a pesar de que sigue pensando que se repiten en demasía. Prefiere Radio3, pero casi siempre, cuando va acompañado, ella le mira con esos ojos únicos y le obliga a poner música clásica. No es que no le guste, pero es un genero que no considera adecuado para conducir. Demasiado relajante, le incita al sueño y eso es un peligro al volante. Cuando viajaba solo, en aquel Ford Sierra que compró con los beneficios de su primer photobook, ponía una vieja cassette con música del oeste. Le transportaba a ese mundo de indios y vaqueros, de su infancia.
Por fin, poco antes de las nueve de la noche, aún de día, aparca el Jaguar XJ8 en su garaje, en el barrio de Salamanca. En ese distrito hacerlo en la vía pública es una utopía. Durante un par de minutos permanece sentado en el cómodo asiento de cuero negro. Solo le separan un par de puertas y un ascensor hasta el ático. Allí le espera un trocito de su vida, que, como si fuera una de sus fotografías, cuando la mira siempre encuentra algo diferente. Como si se fuera revelando lentamente, como si cada vez fuera distinta. Para sus trabajos, él seguía utilizando cámaras analógicas, tradicionales. Le gustaba esa sensación de incertidumbre que tiene el revelado de las imágenes, que van tomando forma sobre el papel blanco, como si se tratara de un espectro que se estuviera materializando. Tenía su laboratorio en una habitación donde no dejaba que entrara nadie. Cuando se encontraba dentro, la luz rojiza, le trasladaba a otra dimensión. Un viaje en el tiempo que le permitía ver lo que ya había sucedido: instantes felices o trágicos, bellezas u horrores…pero siempre únicos e irrepetibles. Su cámara preferida era una vieja Leica motorizada, de gran formato, que le permitía disparos continuos y elegir posteriormente las mejores imágenes. A veces tenía la extraña sensación de que algunas no las había tomado, o al menos no lo recordaba con claridad “esta dichosa máquina parece tener vida propia” pensó. Después de tantos años, sus foto-libros gozaban de tal prestigio a nivel internacional que le permitían vivir holgadamente de los royalties. Su colección de fotografías era su tesoro. Su vida. No quería que si algún día perdía la memoria, algo que le horrorizaba, aquellos momentos desaparecieran para siempre después de apretar el disparador. Lo consideraba un legado para la posteridad. Había visto cosas maravillosas: monumentos creados por el hombre hace milenios, naturaleza salvaje, amaneceres y ocasos que como un rito, los seres humanos contemplan; los últimos pueblos perdidos en recónditos lugares del planeta y detalles que pasarían desapercibidos a cualquiera que no tuviera, como él, ese don para mirar a través del objetivo. Pero también momentos terribles vividos en los campos de refugiados que provocan las guerras, tratos inhumanos en las cárceles de medio mundo, los horrores de los conflictos armados en oriente medio, asesinatos, maltratos y todo tipo de crueldades. Un universo impreso para siempre, como si se tratara de una máquina del tiempo. A veces, en aquel cuarto, rodeado de recuerdos, le parecía revivir sucesos de una forma tan realista que le provocaban una extraña inquietud. Tenía la sensación de que las paredes desaparecían y se encontrase en otro lugar, donde los personajes le eran inaccesibles, o al menos no había conseguido averiguar la forma de interactuar con ellos. Otras se sumergía en el cuerpo de su amante flotando en un universo que solo parecía de los dos. Hacía tiempo que cuando miraba por el visor parecía ser capaz de ver algo más que la realidad. Quizá, influido por esa rara facultad, en los últimos años empezó a fotografiar parejas: matrimonios, solteros, amigos, homosexuales, lesbianas, incluso parejas de policías, bomberos, parejas de baile o compañeros de trabajo. No pretendía realizar un trabajo artístico. Pensaba que a través de la impresión fotográfica de ese instante que transcurre entre que el obturador se abre y vuelve a cerrarse, podía captar, como lo haría un pintor de retratos, la esencia de sus almas. Piensa que la complicidad que existe entre las parejas, permite espiar sus secretos como lo haría un voyeur por el ojo de la cerradura. Sería como robarles su subconsciente, sin necesidad de preguntar nada. Estaba convencido de que ese momento dejaba un agujero negro en la mente de los sujetos, un túnel en el tiempo, por el que penetrar con su mirada. Era algo que no podía controlar a voluntad, a veces sucedía sin saber por qué, ni con que fin. En realidad no sabía como sucedía.
Así que un día, decidido y con la excusa de realizar un trabajo antropológico, Carmelo empezó a retratar a algunas parejas de su entorno. Les pidió que le dejaran fotografiarlas donde el quisiera: en el trabajo, en casa, en su tiempo libre, en vacaciones, o en sus momentos más íntimos. Sin apenas darse cuenta, se había convertido en una dependencia, una droga que le hacía viajar a un universo de sensaciones placenteras. Otra forma de ver la realidad a través de la puerta entreabierta de la habitación donde habitan los secretos más oscuros. A veces prefería pensar que todo era una fantasía, producto de su imaginación; pero no podía evitar algunos momentos de pánico al ser incapaz de distinguir entre pasado, presente y futuro. Algunas noches se pasaba horas intentando comprender aquello que Einstein llamó espacio-tiempo y que al parecer era relativo en función del observador. Se consideraba una persona medianamente inteligente, pero a pesar de todo había aspectos de su vida que le resultaban confusos hasta tal punto que no podría asegurar que hubieran sucedido.
Pulsó el mando y el sonido y las luces intermitentes del Jaguar al cerrarse, le sacaron de sus pensamientos. Una placentera sensación de seguridad le embargó. Estaba en casa.