MUJER INVISIBLE
Todo lo que puedas imaginar es posible

La princesa azteca y la escritora de tablillas

 

En tiempos remotos, los aztecas adoradores del sol, pendientes de el como hacedor de la vida en la tierra, sacrificaban a sus semejantes pensando en el bien de los demás.
Hasta que un día, hace muchos... muchos años...en un lugar apartado, en el palacio real, en una de las provincias dominadas por el poder central, nació una niña, morena, regordeta y con ojos vivarachos. La fecha de su nacimiento no fue precisamente una suerte. Una leyenda antigua pronosticaba grandes tragedias para dentro de seis años que decía:
"Cuando el sol se oculte...cuando llegue la oscuridad, la maldición caerá sobre nuestro pueblo...para evitarlo deberéis sacrificar a la primera niña nacida seis años atrás. Esto calmará su ansía de destrucción y el Sol volverá a ser nuestro aliado"
Habían pasado seis años y la niña era aún más bonita que cuando nació...pero el día había llegado...sus padres le habían preparado para el momento. Ella, aún, con su corta edad, no podría comprender su destino...no sabía el motivo...ni tampoco el por qué...
Solo sabía que era especial, su mente privilegiada buscaba desesperada algo que le pudiera salvar... y entonces de repente...en el mismo altar de sacrificios...una voz en su interior la iluminó..

          -Esperad, esperad...antes tengo que contaros algo...

Y esto fue lo que les contó...


          -El Sol me ha dicho que estaba triste, que un día le suplicó a la Luna que le tapara un rato, que le diera una coartada para ausentarse del cielo, para bajar a la Tierra y ser libre, aunque sólo fuera un momento. El Sol quiere dejar de ser el centro del Universo, liberarse de esa responsabilidad, quiere que nadie se de cuenta de su presencia, pasar inadvertido. 


La Luna, ante tanta súplica, accedió, y hoy es el día cuando el sol más brilla. Se acercó al Sol, y le fue cubriendo, poco a poco, para que a los mortales no nos sorprendiera de golpe la oscuridad. El Sol, que desde lo alto hacía millones de años que observaba la faz de la Tierra, no lo dudó, para sentirse libre y pasar desapercibido se hizo corpóreo en el ser más inocente y perfecto: una niña, UNA PRINCESA AZTECA. La Luna, perezosa, enseguida se sintió cansada, y sin avisar a su amigo Sol, se fue apartando. Cuando Sol se dio cuenta ya era demasiado tarde, salió corriendo hacia el Cielo, y tan rápido huyó, que se dejó en su morada momentánea parte de él; cientos de rayos de Sol se quedaron dentro de los ojos de la niña para salvarle de la obscuridad. Es un mensaje para todos... solo es un capricho una necesidad, no hay por qué matar.

Mientras la luna se retiraba y de nuevo brillaba el Sol, todos los súbditos y presentes en la ceremonia, se arrodillaron ante ella...y durante siglos ella y su descendencia, los hijos del Sol, buscaron la paz.  Nunca hubo más sacrificios durante su reinado.

Después de muchos años, varios hijos maravillosos y haber vivido los capítulos mas felices de su vida y experimentado el amor y pasión, creyó que todo estaba conseguido.

Su compañero y amante, su consejero y su faro, su admirable esposo, al que había dado todo su amor, colmaba sus aspiraciones. Era feliz, pero algo estaba sucediendo a su alrededor. Tardó en darse cuenta. Cegada por su amor no se percató de que le estaba perdiendo. Un día, al levantarse, sintió un gran vacío. No estaba. Se había ido. En un momento su mente se trasladó al altar de sacrificios, la obscuridad del eclipse, el deseo de acabar con su vida. Y, poco a poco, cuando por la mañana se levantaba y veía su rostro reflejado en el agua de su aseo diario, se fue borrando la sonrisa de sus ojos.
Aquella mañana, alguien llamó a su puerta. Era el mensajero real. Le entregó unas tablillas escritas. Al leerlas, su corazón se estremeció y su mente volvió a volar a través de sus recuerdos, pero no consiguió otra cosa que excitarse pensando en lo que allí decía:


"Te he mirado en la distancia durante muchos años, desde aquel día del eclipse. No estoy a tu altura y jamás podré tenerte, pero te amo tanto, mi princesa...que no he podido olvidarte. Tenía siete años y ya te quería. He pasado estos últimos tiempos pensando en la conveniencia de decírtelo. Estas casada, eres una mujer respetable, eres mi princesa. A pesar de todo, deseándote y sabiendo que eres feliz, tengo una edad a la que ciertas cosas hay que darles salida. Solo te pido que me dejes quererte y enviarte estas humildes tablillas de vez en cuando"


Estupefacta y con el corazón latiendo a ritmo de taquicardia, aquella primera declaración, le devolvió la sonrisa.
Durante muchos años, el intercambio de tablillas fue lo mas maravilloso que le había pasado. Se convirtió en pasión, amor, deseo infinito y una amistad más allá de lo imaginable. Se contaron cuantas veces habrían disfrutado de sus cuerpos, como se encendían como un volcán ante sus palabras...pero nunca pudieron encontrarse.
La princesa, feliz y satisfecha con su amante, no había sentido la necesidad de relacionarse de nuevo...hasta ese día.
En la celebración de aquel año nuevo, embriagada por la cerveza de yuca y la alegría del momento, terminó la noche felizmente acostada con una de sus criadas. Por primera vez, desde hacia mucho tiempo, otras manos recorrieron su cuerpo, tensaron sus sentimientos, despertaron el placer inducido por su amante y disfrutó como nunca de aquellos maravillosos orgasmos. Sus ojos cerrados y su cuerpo abierto al placer dibujaron la silueta de la escritora de tablillas, fue increíblemente bello, hermoso, sentirla allí. Puso todo su empeño, todo su amor y sintió como en la lejanía ella disfrutaba orgullosa, aunque fuera con otro cuerpo..
Llamó al mensajero real...

          -Toma, lleva esta tablilla donde a quien tu sabes. Ella te estará esperando.
"Te he amado, querido, disfrutado, abrazado, besado y acariciado...y me he dejado llevar por ti hasta el Cielo. Gracias. Sabes que te quiero. Sólo al despertarme, he echado algo en falta,  tus maravillosas palabras. Me salvaste como el eclipse de luna en el altar de sacrificios.
Ahora eres el Sol que ilumina mi vida".


La mujer se sentó sobre la arena, cerró los ojos y sus manos recorrieron su cuerpo acariciado por el sol que las unió para siempre. Invisible, la Luna esbozó una sonrisa cómplice.